domingo, 16 de abril de 2017

La Marcha por la Ciencia


Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 16 de abril de 2017

Vivimos, a nivel global, tiempos difíciles. No sólo por la llegada al poder de un energúmeno como Donald Trump, que constituye una catástrofe en sí misma, sino por el resurgimiento de vicios humanos que creíamos, si no ya eliminados, al menos en proceso de ser superados.

Vicios como el racismo, que fomenta la división y la estigmatización de grupos humanos basados en su color de piel, religión u origen étnico. Como la homofobia, la misoginia, el machismo, y tantas otras formas de discriminación, que consideran que hay seres humanos superiores y otros indignos. Como el pensamiento anticientífico, que niega la evidencia respecto a fenómenos bien estudiados y conocidos y fomenta el comportamiento irracional que sólo daña a nuestras sociedades y a la naturaleza de la cual dependemos. Como los regímenes autoritarios, que con base en ideologías políticas, religiosas o económicas gobiernan vulnerando los derechos de sus ciudadanos y dañando a sus naciones.

Pero la influencia de los Estados Unidos en el mundo es grande, y las decisiones que toma su irresponsable presidente en materia de política, ciencia, migración, diplomacia, leyes y muchas otras áreas afectan no sólo a los estadounidenses, sino al mundo entero.

En particular, muchas de las pésimas decisiones que Trump ha tomado tienen que ver con la ciencia, como ya hemos comentado en este espacio. Decisiones que tienen que ver con negar la realidad del cambio climático ocasionado por el ser humano, producto de las emisiones de gases de invernadero de origen industrial; con el cambio de políticas en oficinas del gobierno federal relacionadas con la ciencia, la tecnología, la salud, la agricultura y el ambiente; con su apoyo a ideas anticientíficas carentes de sustento como el movimiento antivacunas, y tantos otros agravios. (De hecho, muchas de las medidas migratorias y regulatorias que la administración Trump está tomando tienen como base más el odio y el racismo que datos verificables.)

Desde fines de enero, un grupo creciente de científicos estadounidenses comenzó a organizar, en la ciudad de Washington, una gran Marcha por la Ciencia. ­Tomaron como inspiración la gran Marcha de las Mujeres que se organizó el 21 de enero en Washington y otras ciudades, con gran éxito. La marcha se propone, en términos generales, según su página web, “defender que la ciencia, financiada de manera decidida y comunicada al público, constituye un pilar de la libertad y la prosperidad humanas”. Se trata de un movimiento “diverso, no partidista, que aboga por una ciencia que promueva el bien común”, y busca exigir que los gobernantes y legisladores “establezcan políticas para el interés público basadas en evidencia”, y no en creencias o ideología (o peor: caprichos).

A partir del lanzamiento de la convocatoria, numerosas asociaciones científicas estadounidenses fueron sumándose, hasta llegar (al 15 de abril) a unas 100. Entre ellas, las poderosas American Chemical Society (Sociedad Química Estadounidense), con 157 mil miembros; la AAAS (American Association for the Advancement of Science, Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia), con 100 mil miembros, y la American Geophysical Union (Unión Geofísica Estadounidense), con 60 mil miembros.

Pero también comenzaron a organizarse, fuera de los Estados Unidos, “marchas satélite” que hasta el momento suman 514 en 52 países. En México hay cuatro marchas registradas oficialmente en la página estadounidense: una en la Ciudad de México y otras en Guadalajara, San Luis Potosí e Irapuato (Guanajuato). Sin embargo, se reporta que habrá hasta 13 marchas o eventos relacionados en nuestro país, en ciudades como Monterrey, Mérida, Culiacán, Oaxaca, Toluca y los que se sigan sumando (busque información en su localidad). Y organismos como la Academia Mexicana de Ciencias, la Academia de Ingeniería, la Academia Nacional de Medicina de México y la sociedad Astronómica de México han expresado su adhesión a la marcha.

No se trata, hay que aclararlo, de marchas políticas o partidarias, ni sus demandas se limitan a lo que ocurre en Estados Unidos: en México se protestará también contra las políticas nacionales que disminuyen o limitan el apoyo a la ciencia (bajos presupuestos para la ciencia, disminución en los montos de becas de posgrado y otros).

Se trata de defender el valor de la ciencia como forma de ver el mundo, de obtener información confiable sobre él y de aplicar el conocimiento obtenido para tomar decisiones racionales en beneficio de la humanidad y el planeta. Y se trata de combatir no sólo las decisiones del gobierno de Trump, sino de mostrar que la ciencia –la investigación científica, la difusión del pensamiento científico entre los ciudadanos y la aplicación del conocimiento científico en la toma de decisiones– es indispensable para el bienestar y desarrollo de cualquier sociedad que aspire a llamarse moderna y democrática.

Y también se trata de mostrar que medidas como las restricciones migratorias que Trump está imponiendo pueden dañar la colaboración científica internacional, de la que depende en gran medida el progreso científico. El pasado 17 de marzo el semanario Science, de la AAAS –una de las dos revistas científicas más influyentes del mundo– publicó una carta en la que el especialista en origen de la vida Antonio Lazcano y otros dos investigadores mexicanos explican el daño que las políticas de Trump podrían causar a la colaboración entre investigadores mexicanos y estadounidenses. Colaboración que es vital no sólo para México (cerca del 10 por ciento de los miembros del Sistema Nacional de Investigadores, SNI, obtuvo su doctorado en Estados Unidos, y más de una tercera parte de los artículos de investigación publicados por mexicanos en colaboración con científicos extranjeros ha sido con investigadores estadounidenses), sino para la colaboración científica internacional en general. Si Estados Unidos cierra sus fronteras a la ciencia, se aislará del sistema científico internacional, en un juego de perder-perder tanto para ese país como para sus socios.

Las decisiones de personas como Trump, que ponen su ideología y creencias por encima de la ciencia y el conocimiento, nos ponen en riesgo a todos. Por eso y por muchas otras cosas, vale la pena asistir este sábado 22 a las 4 pm a la Marcha por la Ciencia. En la Ciudad de México la ruta partirá del Ángel de la Independencia y llegará al Zócalo. Ojalá podamos organizar una gran marcha que demuestre que en México sí valoramos la ciencia. ¡No falte!

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domingo, 9 de abril de 2017

El choque en Reforma

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 9 de abril de 2017


Hace mucho que la opinión pública no se conmocionaba tanto por un accidente automovilístico como con el ocurrido en la madrugada del viernes 31 de marzo en el Paseo de la Reforma (que no “avenida Reforma”).

En parte, el intenso interés del público y los medios por el tema se debe a lo aparatoso del accidente, que ocasionó que el auto se partiera longitudinalmente por la mitad al chocar con un poste, que lo atravesó como cuchillo en mantequilla, y que los cadáveres de cuatro pasajeros quedaran regados por la banqueta. Uno de ellos perdió una pierna por debajo de la rodilla; otro sufrió una impresionante decapitación.

Pero lo cierto es que constantemente ocurren accidentes similares en las ciudades y carreteras del país, sin que susciten tal interés. Aparte de lo céntrico de lugar, probablemente el factor que captó la atención del público hayan sido las fotos y videos que mostraban, en toda su crudeza, la magnitud de lo acontecido. En la era de internet, los medios digitales y redes sociales permiten que la información y las imágenes se difundan viralmente como nunca antes.

El accidente ha desatado una gran variedad de comentarios y discusiones. Los temas van desde la irresponsabilidad del conductor, que casi seguramente iba tomado o drogado, pasando por la necesidad de que el gobierno establezca medidas como reductores de velocidad en vías como la recta del Paseo de la Reforma que va de la Fuente de Petróleos a la esquina con Lieja, a propuestas para que los servicios de valet-parking puedan negar la devolución de un auto a un cliente en evidente estado de ebriedad, o acusaciones de responsabilidad por el accidente contra los dueños de bar donde los accidentados estuvieron bebiendo.

Una propuesta sensata sería colocar alcoholímetros gratuitos en los bares, con pajillas desechables; algo que este columnista ya observó hace unos diez años en antros de Montevideo. La idea de una prueba obligatoria no parece tan factible. En cambio, los comentarios que buscan culpabilizar a las mujeres que fallecieron en el accidente resultan estúpidas y despreciables. (Y ya ni hablemos de estupideces como la ridícula “bruja” que realizó un ritual mágico en el sitio para ahuyentar a los “espíritus” que causaron el accidente.)

Pero en mi opinión lo esencial es la responsabilidad del conductor que, esperemos, será juzgado y castigado según lo marca la ley, de manera justa pero inflexible. Y es que el individuo debió haber sabido que conducir un vehículo de 1.7 toneladas a unos 180 km/hora o más (la velocidad exacta varía según la fuente) era una grave imprudencia.

He aquí, quizá, lo más básico del problema: el conductor de ese BMW blanco de dos millones de pesos carecía –como carece la gran mayoría de la población mexicana– de las nociones básicas respecto a las leyes newtonianas del movimiento.

Cierto: uno estudia en la secundaria y bachillerato principios tan elementales como que la inercia de un objeto en movimiento –su tendencia a seguirse moviendo– depende de su masa y velocidad; que dicha inercia puede superar a la fricción que mantiene a las llantas rodando sobre el pavimento sin resbalar, o que la resistencia de los objetos tiene límites obvios que también se relacionan con su masa y velocidad al chocar con un cuerpo inamovible (como resultó serlo el dichoso poste).

¿Cómo es posible que el auto de lujo, con avanzados mecanismo de seguridad, se partiera con tanta facilidad? ¿Cómo es posible que hubiera una cabeza, una pierna y quizá otros fragmentos humanos regados por la banqueta? Todo depende de la velocidad del coche al momento del choque. La cual es, en efecto, consecuencia de la potencia del motor, de la falta de reductores de velocidad en Reforma, pero sobre todo de la falta de previsión del conductor.

Muchas leyes de la física, como tantos otros conceptos científicos, no forman parte de nuestros instintos, y con frecuencia resultan de hecho contraintuitivas. Sí, todos sabemos cachar una pelota que se nos arroja, y lo hacemos sin darnos cuenta de la serie de cálculos que realizamos instantáneamente. Pero no sabemos instintivamente que por encima de cierta velocidad las llantas de un auto pierden agarre sobre el pavimento, sobre todo en una curva, o que el impacto puede partir en dos un coche o decapitar a una persona (el conductor, asombrosamente, salvó la vida gracias a las bolsas de aire… y a que el poste pegó ligeramente a la derecha de su asiento).

Para eso necesitamos estar educados. Haber llevado una buena clase de física y haber incorporado a nuestra manera de pensar, a nuestra forma de percibir el mundo, al menos algunos de esos principios. (Incluyendo también, claro, el muy elemental de que el consumo de alcohol disminuye la velocidad de los reflejos, y obnubila la capacidad de juicio.)

Accidentes como el de Reforma son causados también por la falta de una cultura científica elemental por parte de los conductores. Por eso, entre tantas otras causas de un fenómeno multifactorial como éste, las tragedias de ese tipo siguen siendo tan frecuentes. Ojalá que el caso sirva para que todos, como sociedad, comencemos a hacer algo al respecto.

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domingo, 2 de abril de 2017

El gran cambio atmosférico

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 2 de abril de 2017



Cianobacterias
Hace mucho, mucho tiempo (unos 2 mil 300 millones de años para ser más precisos), no en una galaxia muy lejana, sino en este mismo planeta que habitamos, ocurrió un evento catastrófico.

La atmósfera sufrió un cambio dramático que la llenó de un gas corrosivo y dañino, que alteró para siempre las condiciones de vida para prácticamente todos los seres vivos.

Y no, no se trataba de un gas de invernadero, sino del hoy omnipresente oxígeno, que normalmente tomamos casi como sinónimo de vida, pero que para los microorganismos existentes entonces, acostumbrados a una atmósfera en que no estaba presente, era veneno puro.

Nuestro planeta se originó hace unos 4 mil 500 millones de años, a partir de la nebulosa de la cual se formó el sistema solar. Hoy la composición de la atmósfera terrestre es un 78% de nitrógeno, casi 21% de oxígeno, menos de 1% de argón y el resto de otros gases (sí, el dióxido de carbono fluctúa alrededor de un 0.04%, y es un aumento mínimo en esta cantidad el que basta para producir el cambio climático que nos amenaza).

Pero la atmósfera original de la Tierra era muy distinta. Contenía nitrógeno y dióxidos de carbono y de azufre, pero no oxígeno libre (hasta hace poco se pensaba que la atmósfera de la Tierra primitiva contenía compuestos reductores como metano, sulfuro de hidrógeno y amoniaco, pero investigaciones recientes parecen desmentir esta idea). Esto se debe a que el oxígeno es un gas muy reactivo, que inmediatamente forma compuestos con otros elementos, y por lo tanto no es estable en forma pura.

El gran evento de oxigenación
Sin embargo, hace unos 2 mil 300 millones de años comenzó lo que se conoce como “el gran evento de oxigenación” (u “oxidación”): la liberación continua a la atmósfera de cantidades masivas de oxígeno libre, hasta llegar a la concentración actual de 21%. ¿Qué causó este cambio, que tomó más de mil millones de años? El surgimiento de organismos microscópicos capaces de llevar a cabo la fotosíntesis: el proceso que toma dióxido de carbono y agua y forma carbohidratos, liberando oxígeno como residuo.

Hasta hace poco se pensaba que los primeros organismos fotosintéticos habían sido las cianobacterias (antes conocidas como algas verdeazules, pero que hoy sabemos no son plantas, sino bacterias). Por su parte, las plantas aparecieron mucho después que las cianobacterias, y los cloroplastos con los que realizan la fotosíntesis son descendientes de ellas que se quedaron a vivir dentro de las hoy células vegetales. Pero esa es otra historia.

Sin embargo, el pasado 31 de marzo la revista Science publicó los resultados de un equipo de investigadores australianos y estadounidenses encabezados por Philip Hugenholtz, de la Universidad australiana de Queensland, que cuestionan esta versión. Compararon los genes de diversas especies de cianobacterias (no todas las cuales son fotosintéticas) y sus parientes cercanos, incluyendo bacterias que no se han cultivado en el laboratorio, pero cuya existencia se conoce gracias a métodos metagenómicos. El análisis indica que los genes necesarios para realizar la fotosíntesis no se originaron en las propias cianobacterias, sino que muy probablemente fueron importados de otras especies de microorganismos, aún más antiguos. Probablemente, las cianobacterias refinaron y perfeccionaron después la fotosíntesis.

La identidad de estos posibles primeros productores de oxígeno todavía se desconoce. Pero el análisis ayuda a entender mejor cómo surgió la moderna atmósfera terrestre.


Hoy la gran mayoría de los organismos respiramos oxígeno (aunque sigue habiendo excepciones: las bacterias anaeróbicas). Pero esto sólo es posible gracias a esos antiguos eventos evolutivos que permitieron que los genes surgidos en distintas especies se reacomodaran, barajaran y distribuyeran para dar origen, por azar, al complejo mecanismo que hoy es responsable de nuestra atmósfera inundada de oxígeno.

Por cierto, una atmósfera así es totalmente atípica: no se conoce otro planeta que la tenga. Si halláramos un planeta con abundante oxígeno libre, esto sería un indicio casi seguro de vida. El oxígeno no es indispensable para la vida, pero la vida sí es necesaria para el oxígeno: los primeros organismos vivos no necesitaban oxígeno (ni producíansus propios alimentos), pero la presencia de oxígeno libre en una atmósfera sólo puede ser, hasta donde sabemos, producto de organismos vivos.


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domingo, 26 de marzo de 2017

Nuevos asombros


Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 26 de marzo de 2017

Un eritrocito, una plaqueta
y un leucocito vistos
con microscopio electrónico de barrido
y en colores falsos
Alguna vez Julieta Fierro, esa magnífica astrónoma y divulgadora de científica, afirmó que lo mejor de la ciencia es que siempre hay nuevas preguntas.

Y tenía toda la razón: la ciencia, a diferencia de otros sistemas de creencias, se basa en la continua búsqueda de nuevo conocimiento, acompañada del constante examen crítico del que ya se tiene. Es un poco como los sistemas de control de calidad en una empresa, con la diferencia de que éstos buscan mantener una calidad constante en el servicio o en la producción de bienes, mientras que en ciencia lo que se busca es el avance constante: la ciencia evoluciona.

En los años 90 del siglo pasado se puso de moda hablar de “el fin de la ciencia”: se consideraba que pronto ya no había misterios que descubrir en el mundo natural. No habría ya nuevos principios por hallar en la física o la química, ni fenómenos inesperados en biología. Sí nuevos planetas por descubrir, pero no nuevos continentes; quizá algunas nuevas especies animales y vegetales, de vez en cuando, pero no ya nada que cambiara de manera esencial las reglas del juego.

Este tipo de visión ya se ha presentado varias veces a lo largo de la historia. Por ejemplo a finales del siglo XIX, cuando se pensaba que la física newtoniana, junto con las leyes del electromagnetismo y algunos pocos principios más, nos daban ya una visión esencialmente completa del funcionamiento del universo. Poco después, la relatividad einsteniana y la mecánica cuántica darían al traste con tales delirios de grandeza.

Una de las áreas de la ciencia que parecen más sólidas y completas es la de la anatomía y fisiología humanas. Desde la escuela se nos enseñan las distintas partes (tejidos, órganos, sistemas) del cuerpo humano, junto con sus respectivas funciones. Y parecería que las entendemos cabalmente: que no hay ya misterios por descubrir.

Por eso es regocijante cuando se anuncian hallazgos como los publicados la semana pasada en la revista Nature: que tanto los pulmones como el cerebelo muy probablemente tienen funciones que hasta ahora no se habían sospechado, los primeros para fabricar las plaquetas, esas minúsculas células sanguíneas indispensables en el proceso de coagulación, y el segundo en la respuesta a recompensas.

Todos sabemos, desde la secundaria, que la función de los pulmones es oxigenar la sangre para permitir que los glóbulos rojos lleven ese oxígeno a todos los tejidos del cuerpo, y desechar el dióxido de carbono resultante del metabolismo. Lo que quizá no todo mundo sabe es que la formación de las células del tejido sanguíneo, tanto glóbulos rojos (eritrocitos) como leucocitos (glóbulos blancos­) y plaquetas, tradicionalmente se asocia con otro tejido muy específico: la médula ósea. En ella, en el interior de los huesos –el tuétano, pues—, se hallan las células madre del tejido sanguíneo, que se multiplican y maduran para dar origen a las distintas células de la sangre.

Pues bien: un grupo de investigadores de la Universidad de California en San Francisco publicó su hallazgo de que una gran parte de las plaquetas son producidas –al menos en ratones– a partir de células progenitoras llamadas megacariocitos que se hallan en los pulmones. Estimaron que un 50% de todas la plaquetas del cuerpo –unos 10 millones por hora– son producidas en los pulmones. Pudieron descubrirlo mediante técnicas que permiten introducir en las células de los ratones un gen que produce fluorescencia y que se activa sólo en las plaquetas y sus células precursoras; así visualizaron la formación de las nuevas plaquetas directamente en el pulmón del animal vivo.


Por su parte, otro grupo de investigadores de la Universidad de Stanford, también en California, descubrieron algo que cambia el paradigma de que el cerebelo se ocupa sólo del control de funciones sensoriales y motoras de las que no somos conscientes, como el movimiento muscular y el equilibrio. Usando también métodos de visualización con células modificadas con proteínas fluorescentes hallaron que, en ratones entrenados para oprimir una palanca para recibir agua azucarada como recompensa, se activan células del cerebelo no sólo al oprimir la palanca, sino en respuesta a la gratificación posterior: algo que se pensaba sólo ocurría en el cerebro.

Ambos hallazgos se realizaron en ratones: habrá, por supuesto, que confirmar si se presentan también en otros mamíferos, incluidos los humanos. Pero ambos abren nuevas perspectivas respecto a la complejidad del cuerpo. Y ambos utilizaron técnicas novedosas que no existían hace sólo unos pocos años. ¿Qué nuevos descubrimientos haremos conforme la tecnología nos ofrezca nuevas maneras de explorar todo eso que hoy damos por ya conocido?

No cabe duda: parte importante del gozo de la ciencia es que siempre, siempre quedan nuevas cosas por descubrir.

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domingo, 19 de marzo de 2017

Virus, promesas y cáncer

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 19 de marzo de 2017

Hace unos días se publicó en muchos medios de comunicación –principalmente de habla hispana– una interesante noticia: un grupo de científicos de dos instituciones españolas, el Instituto de Investigaciones Biomédicas August Pi i Sunyer y el Instituto de Investigación Biomédica, ambos en Barcelona, construyeron y demostraron en principio la eficacia de una nueva estrategia que usa virus para combatir tumores cancerosos.

El trabajo, publicado el 16 de marzo en la revista científica Nature communications, explica cómo los investigadores construyeron un adenovirus que es capaz, al menos en células en cultivo y ratones, de atacar específicamente a células cancerosas sin dañar a las células sanas del cuerpo, que podría ser un gran avance.

El problema de la especificidad es uno de los principales retos en la lucha contra el cáncer. Cuando se combate una infección bacteriana, normalmente basta con tomar un antibiótico que mata a las bacterias, pero que a las células humanas básicamente no les causa daño (aunque sí puede causar algunos problemas digestivos, al alterar el equilibrio de la población de bacterias –la microbiota– de nuestro intestino). En cambio, cuando tomamos medicamentos que combaten a células más parecidas a las humanas, como por ejemplo las amibas (que, como las humanas, son células eucariontes, con núcleo definido por una membrana, a diferencia de las bacterias, que son procariontes), solemos resentir más directamente los efectos del fármaco en nuestro cuerpo.

El caso extremo es, por supuesto, el cáncer, cuando el enemigo a vencer son nuestras propias células que se han salido de control. A lo largo de la historia de la medicina, los tratamientos contra el cáncer –contra los distintos tipos de cáncer, pues recordemos que se trata de un conjunto de enfermedades que agrupamos en una misma familia, no de un padecimiento único; cada cáncer es distinto– han ido mejorando paulatinamente, aunque aún distan mucho de ser tan exitosos como, por ejemplo, las terapias contra enfermedades infecciosas.

Inicialmente, y durante siglos, la única opción era la cirugía, normalmente infructuosa. En el siglo XX surgieron las primeras quimioterapias específicas, así como la radioterapia. La primera se basa en administrar un fármaco que envenenar a las células cancerosas, que tienen un metabolismo mucho más activo que las células normales, antes de que se cause un daño grave al paciente (de ahí sus efectos colaterales, como diarreas y caída de pelo, pues la mucosa intestinal y los folículos pilosos son tejidos de metabolismo muy activo). La radioterapia, en cambio, tiene la ventaja de que la radiación puede enfocarse sólo en la zona del tumor, provocando un daño mínimo al resto del cuerpo.

Sin embargo, con los modernos avances en manipulación genética, desde hace algún tiempo se busca desarrollar terapias más específicas. Uno de los enfoques más prometedores es crear virus que infecten y maten a las células cancerosas, pero no a las sanas. El problema es, nuevamente, ¿cómo obtener dicha especificidad? Después de todo, si se inyecta un virus en el cuerpo, es difícil lograr que no se propague e infecte todos los tejidos.

El grupo catalán utilizó un reciente descubrimiento sobre la genética del cáncer. El mecanismo que hace que una célula se vuelva maligna es que muchos de sus genes se salen de control y comienzan a activarse cuando no debieran. En este proceso juegan parte los llamados ácidos ribonucleicos mensajeros (ARNm), que copian la información del ADN del núcleo y la transmiten para dirigir el funcionamiento celular. Este tráfico de información está en parte regulado por ciertas proteínas llamadas CPEB, de las que hay cuatro tipos. Hace poco se descubrió que las células cancerosas suelen tener una cantidad menor de la proteína CPEB1 que las células normales, mientras que la proteína CPEB4 se halla en exceso.

Los investigadores catalanes aprovecharon este hecho para diseñar un virus que infecta y se reproducen en células con nivel alto de CPEB4 y bajo de CPEB1, destruyéndolas. Pero en células normales, con bajo CPEB4 y alto CPEB1, ese mismo virus ve inhibida su reproducción y no causa daño. Las pruebas se hicieron en células en cultivo y en ratones de laboratorio con cáncer de páncreas. Los resultados son alentadores y ofrecen un enfoque novedoso para diseñar lo que, quizá, podría convertirse en una “bala mágica” contra ciertos tipos de cáncer. Aunque, por el momento, se trata sólo de un primer paso… como hay tantos.

Y aquí vale la pena recordar que la ciencia es una empresa global y colectiva, que avanza en múltiples direcciones a la vez de manera más o menos azarosa, explorando todas las vías prometedoras al mismo tiempo, con la esperanza de hallar algunas rutas que lleven a resultados exitosos. Es por eso que, aunque a los políticos de mentalidad empresarial le cueste entenderlo, el apoyar la investigación científica de calidad de manera amplia y con libertad es vital para obtener los beneficios que la ciencia promete. La ciencia no se puede programar o dirigir: hay que apoyar mucha investigación científica, gran parte de la cual puede resultar infructuosa, para poder cosechar, de vez en cuando, uno o dos descubrimientos realmente revolucionarios que pueden cambiar la vida de las sociedades. No hay otra manera de hacerlo.

El enorme ingenio que los biólogos moleculares demuestran en la lucha contra el cáncer, y en tantas otras áreas –igual que lo hacen los físicos de partículas, los químicos orgánicos, los matemáticos especializados en teoría de nudos o los ingenieros aeronáuticos, cada uno en su especialidad– sólo puede florecer en un ambiente de libertad y con los recursos suficientes. Algo que convendría recordar en tiempos de demagogia, crisis económicas y recortes presupuestales.

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martes, 14 de marzo de 2017

Posverdad: cerebro vs. tripas

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 12 de marzo de 2017

El término “posverdad” (post-truth), surgido en 2010 y nombrado palabra del año 2016 por el Diccionario Oxford, se ha puesto de moda en gran parte debido a Donald Trump y sus secuaces, con su política de “hechos alternativos”.

Esta manera de pensar, que también se describe como “post-fáctica”, se caracteriza por poner los hechos por debajo de las creencias. O, como lo expresa el propio Diccionario Oxford, porque “los hechos objetivos son menos influyentes para formar la opinión pública que las apelaciones a la emoción y la creencia personal”.

En otras palabras, se pone lo que uno cree, o quiere creer, por encima de lo que se sabe mediante medios confiables. Se prefiere creer y confiar en aquella información que coincide con nuestras filias y fobias, con nuestros deseos y temores, con nuestra ideología y creencias, que aquella que coincide con la realidad. Se piensa visceral más que cerebralmente, pues.

La Wikipedia, por su parte, nos informa que la posverdad, en especial en el campo de la política, opera ignorando la evidencia y argumentos que vayan en contra de lo que se cree, y mediante estrategias como seguir repitiendo afirmaciones que coinciden con una ideología, independientemente de que se haya demostrado su falsedad, o bien apelando a conspiraciones y cuestionando la legitimidad de las fuentes contrarias.

Si bien este tipo de mecanismos y de sesgos ideológicos y políticos siempre han existido, todo parece indicar que se han recrudecido en este nuevo siglo, al grado de haberse convertido en un problema que está llevando a catástrofes como el resurgimiento de ideologías discriminatorias que se creían ya superadas, al menos en principio (racismo, sexismo, misoginia, homo y transfobia, xenofobia, clasismo…), y al establecimiento de regímenes de gobierno de rasgos demagógicos y autoritarios. El peor ejemplo de todo ello junto es, por supuesto, el gobierno de Trump. Pero como sabemos, hay otros países donde fenómenos similares existen o amenazan con surgir.

El pasado jueves el recién nombrado director de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) estadounidense, el abogado republicano Scott Pruitt, afirmó públicamente (de nuevo) que “no cree que el dióxido de carbono sea uno de los principales causantes del calentamiento global”. “Creo –añadió– que medir con precisión el efecto de la actividad humana en el clima es muy difícil, y hay un tremendo desacuerdo sobre su grado de impacto; así que no, no estoy de acuerdo con que [el dióxido de carbono] sea un contribuyente primario al calentamiento global que estamos viendo”, dijo Pruitt en una entrevista televisiva en el canal CNBC.

Aumento en los niveles
de dióxido de carbono
http://ow.ly/ijuV309SIM7
La escandalosa afirmación de Pruitt al menos no niega que existe un calentamiento. Pero sí niega el consenso de prácticamente todos los expertos científicos en el tema, a nivel global: que el dióxido de carbono, cuya concentración en la atmósfera ha ido aumentando cada vez más aceleradamente como consecuencia de la actividad humana (principalmente por la quema de combustibles fósiles) a partir de la revolución industrial, es el principal gas de efecto invernadero responsable del cambio climático global que nos amenaza.

Existen otros gases de efecto invernadero: el principal es el vapor de agua, cuya concentración en la atmósfera es extremadamente variable y sobre la cual no podemos ejercer básicamente ningún control (sin embargo, sí sabemos que un aumento en la temperatura promedio del planeta aumenta la evaporación de agua, lo cual a su vez acelera el proceso de calentamiento, causando un efecto de retroalimentación). Otro gas cuyo efecto de invernadero –dejar pasar la luz solar pero no dejar salir los rayos infrarrojos en que ésta se convierte cuando se refleja en los mares o la superficie terrestre– mucho más potente que el del dióxido de carbono es el metano. Aunque es producido por diversas fuentes naturales, la actividad humana ha aumentado enormemente su concentración (simplemente la ganadería de vacas produce anualmente un estimado de 80 millones de toneladas de metano). Aun así, su concentración media en la atmósfera es baja, y su efecto en el calentamiento global es mucho menor que el del dióxido de carbono, por lo que tiene sentido concentrar los esfuerzos en regular a éste último.

Desde que Trump nombró a Pruitt en diciembre pasado, se le ha cuestionado por ser un negacionista del cambio climático y por tener conflicto de interés, pues ha actuado anteriormente en favor de la industria petrolera y automovilística, ambas afectadas por las medidas contra la emisión de dióxido de carbono establecidas anteriormente por la EPA. De hecho, en diciembre Trump declaró: “Durante demasiado tiempo, la EPA ha gastado dinero de los contribuyentes en una descontrolada agenda contra el sector energético que ha destruido millones de puestos de trabajo”, y anunció que “revertirá esa tendencia”.

¿Cómo es posible que, en pleno siglo XXI, con tantos avances de la ciencia y la tecnología, con tantos logros en las áreas de las humanidades y los derechos humanos, estemos retrocediendo hacia una era donde la posverdad domina? Yo tengo una teoría: la comunicación gratuita, instantánea y global a través de internet y las redes sociales puede tener algo que ver.

Como escribiera Umberto Eco, que se nos fue demasiado pronto, antes lo común era que sólo una persona preparada lograra hacer que sus ideas se difundieran masivamente a través de libros, revistas, periódicos y noticiarios de radio y TV. Porque tenía que pasar por filtros editoriales de control de calidad. Hoy, en cambio, internet hace posible que “el tonto del pueblo”, es decir, cualquier persona con o sin preparación, tenga acceso a un foro global donde los contenidos no pasan por ninguna curaduría editorial, ningún control de calidad. Todo se publica, y lo que se difunde, lo que se vuelve viral, no es lo mejor o lo más sensato, confiable o razonable, sino lo que resuena mejor con los gustos de la mayoría.

Un ambiente así es el caldo de cultivo perfecto para que el trabajosamente adquirido hábito del pensamiento crítico sucumba ante la tiranía del pensamiento de masas, siempre sujeto a las veleidades de la moda, de la creencia cómoda, del sesgo ideológico.

La única solución, creo, tardará y será ardua: consiste en reeducarnos, como sociedad, para aprender de nuevo que no todas las opiniones valen lo mismo, y para difundir los hábitos de pensamiento crítico que nos permitan distinguir entre los atractivos datos-basura y los no siempre agradables, pero sí más confiables, datos basados en evidencia confirmable.

De otro modo, si seguimos pensando con las tripas y no con el cerebro, el futuro de las sociedades democráticas pinta, francamente, mal.

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