domingo, 19 de marzo de 2017

Virus, promesas y cáncer

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 19 de marzo de 2017

Hace unos días se publicó en muchos medios de comunicación –principalmente de habla hispana– una interesante noticia: un grupo de científicos de dos instituciones españolas, el Instituto de Investigaciones Biomédicas August Pi i Sunyer y el Instituto de Investigación Biomédica, ambos en Barcelona, construyeron y demostraron en principio la eficacia de una nueva estrategia que usa virus para combatir tumores cancerosos.

El trabajo, publicado el 16 de marzo en la revista científica Nature communications, explica cómo los investigadores construyeron un adenovirus que es capaz, al menos en células en cultivo y ratones, de atacar específicamente a células cancerosas sin dañar a las células sanas del cuerpo, que podría ser un gran avance.

El problema de la especificidad es uno de los principales retos en la lucha contra el cáncer. Cuando se combate una infección bacteriana, normalmente basta con tomar un antibiótico que mata a las bacterias, pero que a las células humanas básicamente no les causa daño (aunque sí puede causar algunos problemas digestivos, al alterar el equilibrio de la población de bacterias –la microbiota– de nuestro intestino). En cambio, cuando tomamos medicamentos que combaten a células más parecidas a las humanas, como por ejemplo las amibas (que, como las humanas, son células eucariontes, con núcleo definido por una membrana, a diferencia de las bacterias, que son procariontes), solemos resentir más directamente los efectos del fármaco en nuestro cuerpo.

El caso extremo es, por supuesto, el cáncer, cuando el enemigo a vencer son nuestras propias células que se han salido de control. A lo largo de la historia de la medicina, los tratamientos contra el cáncer –contra los distintos tipos de cáncer, pues recordemos que se trata de un conjunto de enfermedades que agrupamos en una misma familia, no de un padecimiento único; cada cáncer es distinto– han ido mejorando paulatinamente, aunque aún distan mucho de ser tan exitosos como, por ejemplo, las terapias contra enfermedades infecciosas.

Inicialmente, y durante siglos, la única opción era la cirugía, normalmente infructuosa. En el siglo XX surgieron las primeras quimioterapias específicas, así como la radioterapia. La primera se basa en administrar un fármaco que envenenar a las células cancerosas, que tienen un metabolismo mucho más activo que las células normales, antes de que se cause un daño grave al paciente (de ahí sus efectos colaterales, como diarreas y caída de pelo, pues la mucosa intestinal y los folículos pilosos son tejidos de metabolismo muy activo). La radioterapia, en cambio, tiene la ventaja de que la radiación puede enfocarse sólo en la zona del tumor, provocando un daño mínimo al resto del cuerpo.

Sin embargo, con los modernos avances en manipulación genética, desde hace algún tiempo se busca desarrollar terapias más específicas. Uno de los enfoques más prometedores es crear virus que infecten y maten a las células cancerosas, pero no a las sanas. El problema es, nuevamente, ¿cómo obtener dicha especificidad? Después de todo, si se inyecta un virus en el cuerpo, es difícil lograr que no se propague e infecte todos los tejidos.

El grupo catalán utilizó un reciente descubrimiento sobre la genética del cáncer. El mecanismo que hace que una célula se vuelva maligna es que muchos de sus genes se salen de control y comienzan a activarse cuando no debieran. En este proceso juegan parte los llamados ácidos ribonucleicos mensajeros (ARNm), que copian la información del ADN del núcleo y la transmiten para dirigir el funcionamiento celular. Este tráfico de información está en parte regulado por ciertas proteínas llamadas CPEB, de las que hay cuatro tipos. Hace poco se descubrió que las células cancerosas suelen tener una cantidad menor de la proteína CPEB1 que las células normales, mientras que la proteína CPEB4 se halla en exceso.

Los investigadores catalanes aprovecharon este hecho para diseñar un virus que infecta y se reproducen en células con nivel alto de CPEB4 y bajo de CPEB1, destruyéndolas. Pero en células normales, con bajo CPEB4 y alto CPEB1, ese mismo virus ve inhibida su reproducción y no causa daño. Las pruebas se hicieron en células en cultivo y en ratones de laboratorio con cáncer de páncreas. Los resultados son alentadores y ofrecen un enfoque novedoso para diseñar lo que, quizá, podría convertirse en una “bala mágica” contra ciertos tipos de cáncer. Aunque, por el momento, se trata sólo de un primer paso… como hay tantos.

Y aquí vale la pena recordar que la ciencia es una empresa global y colectiva, que avanza en múltiples direcciones a la vez de manera más o menos azarosa, explorando todas las vías prometedoras al mismo tiempo, con la esperanza de hallar algunas rutas que lleven a resultados exitosos. Es por eso que, aunque a los políticos de mentalidad empresarial le cueste entenderlo, el apoyar la investigación científica de calidad de manera amplia y con libertad es vital para obtener los beneficios que la ciencia promete. La ciencia no se puede programar o dirigir: hay que apoyar mucha investigación científica, gran parte de la cual puede resultar infructuosa, para poder cosechar, de vez en cuando, uno o dos descubrimientos realmente revolucionarios que pueden cambiar la vida de las sociedades. No hay otra manera de hacerlo.

El enorme ingenio que los biólogos moleculares demuestran en la lucha contra el cáncer, y en tantas otras áreas –igual que lo hacen los físicos de partículas, los químicos orgánicos, los matemáticos especializados en teoría de nudos o los ingenieros aeronáuticos, cada uno en su especialidad– sólo puede florecer en un ambiente de libertad y con los recursos suficientes. Algo que convendría recordar en tiempos de demagogia, crisis económicas y recortes presupuestales.

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martes, 14 de marzo de 2017

Posverdad: cerebro vs. tripas

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 12 de marzo de 2017

El término “posverdad” (post-truth), surgido en 2010 y nombrado palabra del año 2016 por el Diccionario Oxford, se ha puesto de moda en gran parte debido a Donald Trump y sus secuaces, con su política de “hechos alternativos”.

Esta manera de pensar, que también se describe como “post-fáctica”, se caracteriza por poner los hechos por debajo de las creencias. O, como lo expresa el propio Diccionario Oxford, porque “los hechos objetivos son menos influyentes para formar la opinión pública que las apelaciones a la emoción y la creencia personal”.

En otras palabras, se pone lo que uno cree, o quiere creer, por encima de lo que se sabe mediante medios confiables. Se prefiere creer y confiar en aquella información que coincide con nuestras filias y fobias, con nuestros deseos y temores, con nuestra ideología y creencias, que aquella que coincide con la realidad. Se piensa visceral más que cerebralmente, pues.

La Wikipedia, por su parte, nos informa que la posverdad, en especial en el campo de la política, opera ignorando la evidencia y argumentos que vayan en contra de lo que se cree, y mediante estrategias como seguir repitiendo afirmaciones que coinciden con una ideología, independientemente de que se haya demostrado su falsedad, o bien apelando a conspiraciones y cuestionando la legitimidad de las fuentes contrarias.

Si bien este tipo de mecanismos y de sesgos ideológicos y políticos siempre han existido, todo parece indicar que se han recrudecido en este nuevo siglo, al grado de haberse convertido en un problema que está llevando a catástrofes como el resurgimiento de ideologías discriminatorias que se creían ya superadas, al menos en principio (racismo, sexismo, misoginia, homo y transfobia, xenofobia, clasismo…), y al establecimiento de regímenes de gobierno de rasgos demagógicos y autoritarios. El peor ejemplo de todo ello junto es, por supuesto, el gobierno de Trump. Pero como sabemos, hay otros países donde fenómenos similares existen o amenazan con surgir.

El pasado jueves el recién nombrado director de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) estadounidense, el abogado republicano Scott Pruitt, afirmó públicamente (de nuevo) que “no cree que el dióxido de carbono sea uno de los principales causantes del calentamiento global”. “Creo –añadió– que medir con precisión el efecto de la actividad humana en el clima es muy difícil, y hay un tremendo desacuerdo sobre su grado de impacto; así que no, no estoy de acuerdo con que [el dióxido de carbono] sea un contribuyente primario al calentamiento global que estamos viendo”, dijo Pruitt en una entrevista televisiva en el canal CNBC.

Aumento en los niveles
de dióxido de carbono
http://ow.ly/ijuV309SIM7
La escandalosa afirmación de Pruitt al menos no niega que existe un calentamiento. Pero sí niega el consenso de prácticamente todos los expertos científicos en el tema, a nivel global: que el dióxido de carbono, cuya concentración en la atmósfera ha ido aumentando cada vez más aceleradamente como consecuencia de la actividad humana (principalmente por la quema de combustibles fósiles) a partir de la revolución industrial, es el principal gas de efecto invernadero responsable del cambio climático global que nos amenaza.

Existen otros gases de efecto invernadero: el principal es el vapor de agua, cuya concentración en la atmósfera es extremadamente variable y sobre la cual no podemos ejercer básicamente ningún control (sin embargo, sí sabemos que un aumento en la temperatura promedio del planeta aumenta la evaporación de agua, lo cual a su vez acelera el proceso de calentamiento, causando un efecto de retroalimentación). Otro gas cuyo efecto de invernadero –dejar pasar la luz solar pero no dejar salir los rayos infrarrojos en que ésta se convierte cuando se refleja en los mares o la superficie terrestre– mucho más potente que el del dióxido de carbono es el metano. Aunque es producido por diversas fuentes naturales, la actividad humana ha aumentado enormemente su concentración (simplemente la ganadería de vacas produce anualmente un estimado de 80 millones de toneladas de metano). Aun así, su concentración media en la atmósfera es baja, y su efecto en el calentamiento global es mucho menor que el del dióxido de carbono, por lo que tiene sentido concentrar los esfuerzos en regular a éste último.

Desde que Trump nombró a Pruitt en diciembre pasado, se le ha cuestionado por ser un negacionista del cambio climático y por tener conflicto de interés, pues ha actuado anteriormente en favor de la industria petrolera y automovilística, ambas afectadas por las medidas contra la emisión de dióxido de carbono establecidas anteriormente por la EPA. De hecho, en diciembre Trump declaró: “Durante demasiado tiempo, la EPA ha gastado dinero de los contribuyentes en una descontrolada agenda contra el sector energético que ha destruido millones de puestos de trabajo”, y anunció que “revertirá esa tendencia”.

¿Cómo es posible que, en pleno siglo XXI, con tantos avances de la ciencia y la tecnología, con tantos logros en las áreas de las humanidades y los derechos humanos, estemos retrocediendo hacia una era donde la posverdad domina? Yo tengo una teoría: la comunicación gratuita, instantánea y global a través de internet y las redes sociales puede tener algo que ver.

Como escribiera Umberto Eco, que se nos fue demasiado pronto, antes lo común era que sólo una persona preparada lograra hacer que sus ideas se difundieran masivamente a través de libros, revistas, periódicos y noticiarios de radio y TV. Porque tenía que pasar por filtros editoriales de control de calidad. Hoy, en cambio, internet hace posible que “el tonto del pueblo”, es decir, cualquier persona con o sin preparación, tenga acceso a un foro global donde los contenidos no pasan por ninguna curaduría editorial, ningún control de calidad. Todo se publica, y lo que se difunde, lo que se vuelve viral, no es lo mejor o lo más sensato, confiable o razonable, sino lo que resuena mejor con los gustos de la mayoría.

Un ambiente así es el caldo de cultivo perfecto para que el trabajosamente adquirido hábito del pensamiento crítico sucumba ante la tiranía del pensamiento de masas, siempre sujeto a las veleidades de la moda, de la creencia cómoda, del sesgo ideológico.

La única solución, creo, tardará y será ardua: consiste en reeducarnos, como sociedad, para aprender de nuevo que no todas las opiniones valen lo mismo, y para difundir los hábitos de pensamiento crítico que nos permitan distinguir entre los atractivos datos-basura y los no siempre agradables, pero sí más confiables, datos basados en evidencia confirmable.

De otro modo, si seguimos pensando con las tripas y no con el cerebro, el futuro de las sociedades democráticas pinta, francamente, mal.

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domingo, 5 de marzo de 2017

La vida más antigua


Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 5 de marzo de 2017

A. Oparin y JBS Haldane
¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos? Éste es el tipo de preguntas filosóficas que hacen que muchos científicos –y no científicos– se burlen del trabajo de los filósofos.

Pero recordemos que las ciencias surgieron, históricamente, a partir de las reflexiones filosóficas, y usan el mismo tipo de pensamiento racional, basado en la lógica y el examen crítico y colectivo de las ideas. Las ciencias naturales restringieron su campo de estudio a aquello que forma parte del universo físico, y utilizan como evidencia válida sólo aquello que puede comprobarse de manera objetiva (o al menos, lo menos subjetiva posible), y dejaron los temas metafísicos y el razonamiento puro, no basado en evidencia física, a los filósofos. Pero muchas preguntas que hoy son abordadas –y en muchos casos respondidas– por las ciencias naturales, son en realidad preguntas filosóficas.

El origen de la vida es una de ellas. Y aunque sigue siendo una pregunta sin respuesta definitiva, los avances que se han hecho para contestarla, basados en la química, a partir de las propuestas originales del ruso Aleksandr Oparin y el inglés J. B. S. Haldane en los años 20, han sido tremendos. Hoy sabemos cada vez con mayor certeza que hay un camino posible, el cual cada vez conocemos mejor, que puede llevar, dadas las condiciones adecuadas, de la materia inanimada a la vida microscópica. (Por su parte, la teoría darwiniana de la evolución explica ya muy adecuadamente cómo la vida microscópica puede dar lugar, a su vez, a vida multicelular e incluso a vida inteligente y consciente.)

Pero, ¿qué tan difícil, o qué tan probable, es que la vida aparezca, por estos procesos de “síntesis abiótica”, en un planeta que presente las condiciones necesarias? En otras palabras, ¿es la vida en la Tierra un fenómeno raro, incluso quizá único, en el cosmos, o es al contrario algo que ocurre fácilmente? La respuesta a esta pregunta nos contestaría asimismo otra antigua cuestión filosófica: ¿estamos solos en el universo?

En 1961 el radioastrónomo estadounidense Frank Drake propuso una ecuación que permitía estimar el número de posibles planetas habitados (e incluso el de planetas con civilizaciones tecnológicamente avanzadas). Para ello, tomaba en cuenta, entre otras cosas, el número de estrellas en el cosmos, y la probabilidad de que existieran otros planetas girando alrededor de algunas de ellas (en esa época no se conocía ninguno, aunque desde el siglo XVI el filósofo italiano Giordano Bruno había propuesto la existencia de otros mundos habitados, idea que lo llevó a ser quemado en la hoguera de la Inquisición). Drake tomaba también en cuenta la probabilidad de que un planeta fuera sólido y del tamaño adecuado, y que estuviera en la “zona de Ricitos de Oro”, ni tan cerca ni tan lejos de la estrella como para ser tan caliente o frío que no pudiera contener agua líquida (que hasta donde sabemos, es indispensable para el surgimiento de la vida). Y, por supuesto, la pregunta que nos ocupa: la probabilidad de que, en un planeta así, la vida efectivamente aparezca.

A lo largo de los más de 50 años que han pasado desde que Drake propuso su ecuación, los astrofísicos y astrobiólogos han ido acumulando datos cada vez más certeros para calcular tales probabilidades. Hoy sabemos que hay abundancia de estrellas con planetas, muchos de los cuales tienen condiciones similares a las de la Tierra (el pasado 22 de Febrero, la NASA anunció el descubrimiento de siete de estos planetas alrededor de la estrella Trappist-1, situada a 40 años luz de nosotros).

¿Qué tan fácil es, entonces, que la vida surja en un planeta propicio? Una manera de estimarlo es averiguar cuánto tardó en aparecer en nuestro planeta. Actualmente se calcula, con base en métodos que toman en cuenta la abundancia relativa de distintos isótopos radiactivos, que la edad de la Tierra es de unos 4 mil 500 millones de años. Y, hasta hace poco, los fósiles más antiguos conocidos –microfósiles, en realidad, pues corresponden a microorganismos unicelulares, que fueron los primeros organismos existentes– tenían unos 3 mil 500 millones de años. La vida, entonces, parecería haber surgido de manera relativamente rápida: la Tierra habría albergado vida durante tres cuartas partes de su existencia.

Microfósiles de tubos
de hematita del cinturón
de Nuvvuagittuq
Pero el 2 de marzo pasado un grupo multinacional de investigadores (británicos, noruegos, australianos, estadounidenses y canadienses), encabezados por Crispin Little, de la Universidad de Leeds, en Inglaterra, publicó en la prestigiada revista Nature evidencia sólida de vida microbiana en rocas con una antigüedad de al menos 3 mil 700, y quizá hasta 4 mil 280, millones de años.

El problema de detectar microfósiles tan antiguos es enorme, pues la corteza terrestre está en constante cambio y muchas de las rocas que la forman no son “originales” (rocas ígneas, formadas a partir de lava solidificada), sino que han pasado por distintos procesos de “reciclado” (son rocas metamórficas). Pero los investigadores examinaron algunas de las rocas ígneas más antiguas que existen, que se hallan en el llamado cinturón de rocas verdes de Nuvvuagittuq, en Quebec, Canadá.

Lo que hallaron, mediante análisis microscópicos, geológicos y químicos increíblemente detallados, son diminutas estructuras en forma de tubo similares a las producidas por bacterias actuales que oxidan hierro y que viven en las ventilas hidrotermales del fondo del mar, sitios donde se piensa que pudo surgir la vida.

El hallazo de Nuvvuagittuq, si se confirma, adelanta sensiblemente la aparición de la vida en la Tierra, que podría haber aparecido cuando sólo había transcurrido el primer 5% de la historia terrestre. Cada vez parece más probable la hipótesis de que, dadas las condiciones necesarias, la vida emerge de manera casi automática.

En consecuencia, la probabilidad hallar vida en otros mundos como los hallados alrededor de Trappist-1, al menos en forma de microorganismos, aumenta conforme más investigamos. Lo más probable es que no estemos solos.

La ciencia, en su avance, va contestando antiguas preguntas filosóficas. Afortunadamente, siempre habrá muchas más que investigar, como las de qué deberemos hacer cuando confirmemos que existe vida en otros mundos, y si tenemos derecho a colonizarlos.

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domingo, 26 de febrero de 2017

La crisis de las vacunas

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 26 de febrero de 2017

El pasado 14 de febrero, Milenio Diario publicó una nota inquietante. “Sin vacunación completa, 60% de niños mexicanos”, anunciaba el encabezado.

La nota, con información emitida por el Instituto Nacional de Salud Pública (INSP) de la Secretaría de Salud, está basada en la Encuesta Nacional de Niños, Niñas y Mujeres (ENIM) 2015, realizada por el propio INSP conjuntamente con el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF). Milenio destacó esta información de entre una enorme cantidad de datos que describen el estado de mujeres, niños y niñas en nuestro país, como por ejemplo los porcentajes de lactancia, nutrición, salud, características de los hogares, salud reproductiva, alfabetización, actitudes ante la diversidad sexual, trabajo infantil, conocimiento y actitudes ante el VIH/sida y otros temas.

¿Por qué, entre toda esta riqueza de datos, centrarse en el asunto de las vacunas?

En mi opinión, porque el tema es urgente y grave. El informe es resultado de la aplicación en México de la encuesta MICS (Multiple Indicators Cluster Survey), que se lleva a cabo internacionalmente y que proporciona información que permite comparar el avance en la protección de los derechos humanos de infantes y mujeres en los distintos países, para poder diseñar políticas al respecto. Y entre los datos que el informe ofrece en particular sobre el tema de la vacunación figura que menos de un 35% de los niños de entre 24 y 35 meses han recibido completas sus vacunas, según lo recomiendan los organismos internacionales de salud y el Esquema Nacional de Vacunación. También que al 54% le hacen falta una o más vacunas para completar su esquema, lo que idealmente debería lograrse antes de cumplir un año. Y más preocupante: un 6% de ese mismo grupo de infantes no había recibido ninguna vacuna.

Pero el informe tiene además algunas sorpresas: contra lo que uno podría esperar, la región que presenta los mayores rezagos en la cobertura de vacunación en el país es la zona conurbada de la Ciudad de México-Estado de México, “donde el 9% de los niños y niñas de 12 a 23 meses no habían recibido ninguna vacuna”. Además, los hogares que tienen el menor porcentaje de cobertura en el país son tanto los más pobres (9%) como los más ricos (8%); los que tienen mejor cobertura son los de nivel medio. Pero en general, añade el informe, “Los niños y niñas residentes en zonas rurales presentaron prevalencias más elevadas de cobertura de vacunación, (…) comparados con los niños y niñas residentes en zonas urbanas”.

¿Cómo explicar estos datos, que contradicen nuestras expectativas? Probablemente parte de la respuesta sean las intensas campañas de vacunación que se llevan a cabo en regiones rurales, mientras que en las ciudades la vacunación depende más bien de la iniciativa de los padres.

Pero yo tengo la sospecha de que también la difusión de ideas carentes de base científica, pero preocupantemente populares, sobre los inexistentes “daños” que las vacunas pudieran causar en los infantes están comenzado a influir en los niveles de vacunación de nuestro país.

Como se sabe, desde que en 1998 el médico inglés Andrew Wakefield publicara un artículo fraudulento en la famosa revisa médica The Lancet, donde supuestamente probaba que la vacuna triple viral o SRP (que protege contra sarampión, paperas y rubeola) podía tener relación con el autismo en infantes, surgió en muchos países un movimiento antivacunas que, a pesar de toda la evidencia en contra de sus afirmaciones, se ha extendido y está causando graves daños.

Wakefield, cuyo artículo fue retirado luego de comprobarse su falta de bases, y a quien le fue retirada la licencia de médico bajo cargos de mala conducta científica, culpaba al timerosal, un compuesto que contiene mercurio y que se usaba como conservador en las vacunas, de causar el autismo. Aunque se sabía que las dosis de timerosal usadas eran perfectamente inocuas, hoy prácticamente se ha dejado de utilizar, luego de la controversia causada por el movimiento antivacunas.

No obstante, dichas peligrosas ideas siguen propagándose. Hoy, mientras aumentan los casos de brotes de enfermedades que se consideraban y a controladas en Estados Unidos y Europa, y mientras el presidente Donald Trump nombra a un reconocido representante del movimiento antivacunas, Robert Kennedy, Jr., como miembro de un comité para investigar ¡la seguridad de las vacunas!, en México cada vez más personas expresan abiertamente su intención de no vacunar a sus hijos. La perspectiva para la salud empeora.

Ojalá me equivoque, pero me temo que tendremos que reforzar las campañas de información y educación, junto con las de vacunación, o podríamos enfrentar el resurgimiento de flagelos del pasado.

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domingo, 19 de febrero de 2017

Pseudología fantástica


Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 12 de febrero de 2017

Otro título para esta columna podría haber sido “Mentirosos patológicos”, o “compulsivos”. Pseudología fantástica es el nombre (originalmente en latín) usado para describir el desorden psiquiátrico también conocido como “mitomanía”.

Si usted jamás había conocido alguien que lo padeciera, felicidades. Estas personas, que se caracterizan por su enorme capacidad para estar constantemente generando mentiras, que mantienen con una enorme convicción y serenidad, logran engañar, a veces durante mucho tiempo, a las personas que los rodean, y les pueden llegar a causar grandes daños, tanto psicológicos y emocionales como laborales, monetarios y sociales.

Desgraciadamente, hoy usted conoce ya a un gran mentiroso patológico, que además está rodeado de un equipo de otros mitómanos que lo apoyan. Y está afectando la vida de miles de personas en todo el mundo. No necesito decir su nombre.

La mitomanía no es una enfermedad bien reconocida por la comunidad psiquiátrica. Aunque aparecía en la tercera edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-III), editado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, y que constituye una de las referencias clave para definir y diagnosticar alteraciones psiquiátricas, no fue incluido en la cuarta edición, ni en la actual, la quinta. No obstante, desde que fue descrita en 1891 por el psiquiatra alemán Anton Delbrück, ha sido aceptada como una entidad clínica real por numerosos especialistas que, a falta de criterios diagnósticos estandarizados, lo determinan con base en los patrones de comportamiento del individuo, mediante la observación, o a través de reportes de sus seres queridos.

He aquí algunas de las características que presentan los pacientes con pseudología fantástica (tomadas del blog especializado Compulsive Lying Disorder):

–No pueden controlar sus mentiras y no sienten remordimiento, sin importar cómo las mentiras los afecten a sí mismos o a otros.

–La falta de remordimiento es debida a que el individuo se involucra tanto en la mentira que está diciendo que comienza a creerla él mismo.

–Si se le confronta con sus mentiras, insistirá en que está diciendo la verdad.

–Con el paso del tiempo, el individuo se vuelve tan hábil para decir mentiras que es muy difícil para los demás determinar si está diciendo la verdad.

–Sus mentiras no son totalmente improbables; contienen un elemento de verdad (son plausibles, lo que diferencia a estos individuos de quienes padecen psicosis o alucinaciones).

–La tendencia a mentir es crónica, de larga duración.

–Se puede determinar clínicamente que el motivo de las mentiras es interno, no externo; es un rasgo de la personalidad del mentiroso, no un producto de las circunstancias del momento.

–Las mentiras tienden a presentar al mentiroso de manera favorable (por ejemplo, como héroe o víctima).

Aunque no se conocen las causas de este trastorno, hay evidencia de que podría estar relacionado con desbalances neurológicos del lóbulo frontal del cerebro, o con alteraciones en el tálamo. Se sabe, eso sí, que tienden a presentarlo individuos con baja autoestima que buscan, conscientemente o no, atención, popularidad y amor, o que buscan encubrir un fracaso.

¿Le suena conocido?

Quizá el fenómeno de la mitomanía tenga que ver con el hecho de que el cerebro humano es, esencialmente, una máquina de buscar sentido a las cosas. Cuando no entendemos algo, tenemos una enorme tendencia a inventarle una explicación. Y a creérnosla. Esto ocurre incluso en casos clínicos donde un paciente con alguna alteración psiquiátrica, por ejemplo de la memoria, fabula explicaciones incoherentes para los demás, pero que le permiten a él explicar, por ejemplo, por qué salió de su casa sin ponerse los pantalones (cuando en realidad olvidó ponérselos). Un caso más extremo es el de los “miembros fantasma”, que presentan algunas personas que han sufrido una amputación. Una persona que perdió un brazo, por ejemplo, puede llegar a sufrir comezón o dolor en dicha extremidad, o sentir que se mueve o que está torcida en una postura incómoda. El doctor Vilayanur Ramachandran propone que dicho fenómeno podría deberse a que el cerebro trata de interpretar los estímulos que recibe del muñón dentro de un “modelo” cerebral que incluye el brazo amputado, y genera así una “mentira” que, para la percepción del paciente, para su propio cerebro, se siente real.

Tal vez, para los mentirosos patológicos, sus mentiras sean la manera que tiene su cerebro de adaptar la información que reciben del exterior para que no contradiga su modelo interno de la realidad, ni entre en conflicto con su autoestima y su personalidad. Lo cierto es que, independientemente de las causas, el daño que pueden llegar a causar los mitómanos, cuando llegan a ocupar posiciones de poder que afectan a otras personas, puede ser terrible.

Por desgracia, varios miembros del equipo presidencial de Donald Trump, incluyendo a su ex-vocera y hoy consejera Kellyanne Conway, sus asesores Steve Bannon y Stephen Miller (cada uno más terrorífico que el otro) y su vocero Sean Spicer, parecen estar afectados por este inquietante trastorno. Ojalá pronto más gente se dé cuenta de que el presidente de los Estados Unidos, y muchos de sus principales colaboradores, son en realidad pacientes psiquiátricos que requieren atención urgente.

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domingo, 12 de febrero de 2017

Pasión por el conocimiento

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 12 de febrero de 2017

Si usted no ha ido a ver la película Talentos ocultos (Hidden figures), por favor deje de leer esta columna y corra al cine a disfrutarla.

Como usted sabrá si ha leído La ciencia por gusto durante algún tiempo, de vez en cuando suelo comentar cintas que tienen alguna relación con temas científicos. Talentos ocultos es un ejemplo notable.

El filme, dirigido por Theodore Melfi en 2016 –aunque su estreno masivo fue en 2017–, y con guión del propio Melfi y Allison Schroeder, está basada en el libro del mismo nombre de la escritora Margot Lee Shetterly. Narra la historia real de la participación de tres matemáticas negras en el programa espacial de la NASA en 1961. Formaban parte del proyecto Mercury, que existió entre 1958 y 1963 y que tenía la misión, frente a los avances soviéticos –el lanzamiento del primer satélite artificial, el Sputnik 1, en 1957, y el primer hombre en viajar al espacio exterior, Yuri Gagarin, en 1961– de poner a un astronauta estadounidense en órbita y regresarlo a salvo a la Tierra.

La cinta, magistral en todos los sentidos –guión, dirección, actuación, vestuario y escenografía, música, iluminación–, es una delicia y un muestrario de las características de la sociedad estadounidense de entonces. Exhibe, por ejemplo, y como parte fundamental de la trama, el tremendo racismo que era todavía parte de la vida cotidiana de ese país, al menos en algunos Estados (como Virginia, donde está el Centro de Investigación Langley de la NASA, donde ocurre la acción). Y muestra al mismo tiempo el movimiento de lucha por la igualdad de derechos para los negros, que estaba en pleno apogeo con líderes como Martin Luther King.

Deja clara también la terrible presión política, en plena Guerra Fría, a que estaba sometida la NASA (recién creada en 1958, a partir de su antecesor, el Comité Asesor Nacional para la Aeronáutica, o NACA, nacido en 1915), y cómo esto ayudó a impulsar, en un ambiente de fervor nacionalista, el desarrollo científico y tecnológico estadounidense.

Pero más que nada –y en mi opinión esto es lo que realmente hace memorable a la película– muestra la enorme pasión que las tres protagonistas, las matemáticas “de color” Katherine Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson (encarnadas por las actrices Taraji P. Henson, Octavia Spencer y Janelle Monáe), sentían por su trabajo, y la forma en que lucharon contra los prejuicios, tan comunes y “normales” entonces, hacia las mujeres y los negros.

Cada una a su manera –Katherine Johnson calculando trayectorias para los lanzamientos de cohetes, Dorothy Vaughan como supervisora del grupo de “computadoras de color” (matemáticas negras contratadas para realizar cálculos en la época en que las computadoras electrónicas eran todavía incipientes) y posteriormente como programadora para la máquina IBM adquirida por la NASA, y Mary Jackson como aspirante a ingeniera que lucha en la corte por su derecho a estudiar–, las tres protagonistas encarnan lo que pueden lograr las personas cuando la pasión por el conocimiento se conjuga con la convicción por combatir las injusticias, aun en contra de las convenciones sociales.

El libro de Margot Lee Shetterly está basado en hechos históricos, y es resultado de una investigación quizá motivada por los relatos de su padre, que trabajó como investigador en el Centro Langley. Notablemente, es su primer libro; antes de eso, Shetterly había trabajado en finanzas y luego, junto con su marido, había vivido en México, donde editaban una revista turística en idioma inglés. Los derechos cinematográficos del libro fueron vendidos desde 2014, antes de que estuviera terminado. Y la película –que cuenta también con la actuación de estrellas como Kevin Costner, Kirsten Dunst y, como curiosidad, Jim Parsons en un papel quizá no tan distinto de su famoso Sheldon Cooper en La teoría del Big Bang– ha tenido ya, en el poco tiempo que lleva exhibiéndose, ganancias superiores a las de la superproducción La La Land (otra cinta deliciosa que no se debe usted perder, aunque no tenga nada que ver con la ciencia), y cuenta con tres nominaciones al Óscar: mejor película, mejor guión adaptado y mejor actriz de reparto.

La historia se centra especialmente en la vida de Katherine Johnson –la única de las tres que sigue viva– y pone de manifiesto su talento y amor por las matemáticas, su tesón por aplicar este conocimiento para colaborar en un gran proyecto, y la manera en que llegó a ser reconocida por ello (en 2015 recibió una medalla por sus méritos de parte de Barack Obama). Nos enteramos así cómo las matemáticas avanzadas eran indispensables para poder aplicar la física newtoniana, a través del desarrollo de ecuaciones novedosas, para planear las trayectorias de lanzamiento y reingreso seguro de los astronautas.

Si usted quiere disfrutar de una gran historia humana que conjuga ciencia, política, exploración espacial, la lucha contra la discriminación y la evolución de la sociedad, y todo esto a través de una magnífica película, no se pierda Talentos ocultos. Le prometo que no se arrepentirá.


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