domingo, 14 de mayo de 2017

Cáncer, toronjas y química

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 14 de mayo de 2017


Leyendo el título de este texto, usted podría pensar que voy a decir que comer toronjas puede causar cáncer. Nada más falso.

Más bien, voy a tratar de contarle una historia interesante. Seguramente usted ha oído frases que afirman que todo lo “químico” es malo, dañino, tóxico, venenoso o causa cáncer. Contrariamente, todo aquello que es “natural” se considera automáticamente sano, beneficioso, curativo o al menos inocuo. De ahí modas como el consumir alimentos “orgánicos” porque “no contienen químicos”, y satanizar todos los productos de la industria química y farmacéutica.

Desde luego, de nada sirve explicar que “químicos” somos las personas que estudiamos una licenciatura en esa materia, y que la palabra correcta a usar es compuestos o sustancias químicas. Tampoco sirve de gran cosa aclarar que toda la materia común, incluyendo los animales, plantas y nuestro propio cuerpo, están hechos de compuestos químicos, por lo que la idea de alimentos que no los contengan es absurda. Como me gusta decir, hasta el agua pura es pura química.

La idea de que todo lo químico es malo se llama quimiofobia, y es un prejuicio. Pero cuando se explica lo anterior a quienes lo padecen, simplemente lo sustituyen por otro prejuicio equivalente: el de que todo lo artificial es dañino, mientras que lo natural es sano. Para ver lo falso de esta otra idea basta con recordar que numerosos venenos y toxinas provienen de plantas, animales, hongos o bacterias (incluyendo la toxina botulínica, el veneno más tóxico conocido: bastan unos 350 nanogramos, o milésimas de miligramo, para matar a un adulto de 70 kilos; sin embargo, en dosis aún más bajas sirve para paralizar los músculos faciales y borrar temporalmente las arrugas… quizá la conozca usted bajo el nombre de Botox).

Quienes satanizan lo químico o lo artificial tienden a pensar, también, que “la naturaleza es sabia” y jamás hace nada que pueda dañar a los seres vivos.

Por eso les puede resultar sorprendente enterarse de que una de las sustancias más conocidas por causar cáncer, o carcinógeno, llamada benzopireno –producida al quemar compuestos orgánicos, y que por tanto está presente en el hollín y el humo de tabaco, pero también en las carnes al carbón– en realidad es un pre-carcinógeno. Sólo se vuelve carcinogénica cuando es transformada, por un grupo de enzimas dentro de nuestras células conocidas como citocromos P450, en un derivado que es el que puede causar cáncer. (El derivado carcinogénico del benzopireno, por si tenía la duda, se llama benzopireno-dihidrodiol-epóxido, y ejerce su efecto intercalándose entre los “escalones” que forman las bases el ADN e interfiriendo con el proceso de duplicación de la información genética.)

¿Por qué el cuerpo humano contendría una enzima que transforma una sustancia más o menos inocua en un carcinógeno? La razón es que esa transformación es un primer paso, llamado bioactivación, para poder eliminarla eficientemente.

Puede sonar complicado, pero hay que recordar que cada célula de nuestro cuerpo es un sistema químico increíblemente complejo, formado por miles de distintas moléculas que constantemente participan en intrincadas cadenas de reacciones químicas. Nosotros mismos, nuestros cuerpos, no somos más que sistemas químicos. Es natural que algunas de estas numerosas reacciones tengan consecuencias indeseadas, pero inevitables.

Citocromo P450,
mostrando el grupo hemo
Las enzimas de la gran familia de los citocromos P450 –que, por cierto, están presentes en prácticamente todas las especies vivas conocidas– participan en muchísimas reacciones vitales para el organismo. Reacciones de óxido-reducción (sí, de esas que odiaba usted en las clases de química de secundaria), en las que toman electrones de algún compuesto, que se oxida, y lo pasan normalmente al oxígeno, que se reduce para formar agua. (Como curiosidad química, en su estructura tienen un grupo hemo, con un átomo de hierro en el centro, como el que contiene la molécula de la hemoglobina, la proteína responsable de transportar el oxígeno dentro de los glóbulos rojos de nuestra sangre, además darle su color rojo.)

Así, los citocromos P450 oxidan compuestos químicos para, por ejemplo, eliminarlos del organismo, pero a veces en el proceso los vuelven carcinogénicos. Así es la bioquímica: ni buena ni mala; solamente complicada.

¿Y las toronjas? Bueno, resulta que algo tan natural e inofensivo como el jugo y la pulpa de toronja contienen varios compuestos, entre los que se hallan la naringenina y la bergamotina, además de furanocumarinas, que pueden alterar la actividad de los citocromos P450. Y como estas enzimas son importantísimas para activar o para eliminar muchos de los medicamentos que se usan para tratar diversas enfermedades (incluyendo cáncer e infección por VIH), el consumo de toronja puede interferir peligrosamente con el tratamiento, causando que sea ineficaz o, por el contrario, favoreciendo una posible sobredosis. Si uno está bajo cualquier tratamiento farmacológico, es mejor evitarla.

¿Cuál es la moraleja? Que ni la naturaleza es sabia, ni lo químico es malo, ni las cosas se pueden reducir a simplonas frases de autosuperación. Que la vida misma es un proceso químico. Y que es importante saber química, y tener médicos y farmacólogos que la dominen, para poder vivir saludablemente.

No hay recetas fáciles: se necesita ciencia.

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domingo, 7 de mayo de 2017

Ciencia y no ciencia

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 7 de mayo de 2017

Con frecuencia abordo en este espacio temas que tienen que ver con disciplinas que, sin tener sustento ni reconocimiento científico, se presentan o se hacen pasar como ciencia. De ahí su nombre: falsas ciencias, o seudociencias.

Invariablemente, recibo en esas ocasiones mensajes de lectores inconformes y molestos, que me tildan de dogmático, intolerante, ignorante y otros adjetivos no menos floridos. (Me consuela, al menos, estar en compañía de otros escépticos notables a quienes considero mis maestros, como Isaac Asimov, James Randi, Martin Gardner, Carl Sagan, Michael Shermer y otros.) Invariablemente, también, quienes así opinan son creyentes fervorosos, qué casualidad, en la seudociencia abordada en mi texto.

El universo de las seudociencias es infinitamente amplio y variado. Caben en ella locuras que cualquier persona medianamente sensata e informada rechazaría como absurdas –que la Tierra es plana o hueca, o que estamos gobernados por una raza de extraterrestres de aspecto reptiliano–, y otras que, aunque absurdas, forman ya parte de cierta cultura popular poco informada científicamente, y que tienen numerosos seguidores: la creencia en ovnis tripulados por extraterrestres que nos espían desde las alturas; en la existencia de fantasmas y duendes; la negación de la teoría de la evolución frente a la idea de un creador, o las dudas sobre si realmente la NASA logró llevar, en 1969, hombres a la Luna.

Muchas seudociencias se basan simplemente en la falta de información, sumada a la tendencia humana a creer en aquello que nos “suena” bien y coincide con nuestras creencias previas, y a dar más crédito a simplonas teorías de conspiración que a explicaciones científicas complejas y en cierta medida ambiguas (pues la ciencia ofrece conocimiento confiable pero tentativo y provisional, siempre mejorable, nunca absoluto).

Muchas otras seudociencias, en cambio, mezclan también ideas místicas o esotéricas, como la creencia en “fuerzas vitales” que animan a los seres vivos; en propósitos trascendentes que suponen que “las cosas pasan por algo” (“leyes de la atracción”, karma, etcétera), y en general en fuerzas sobrenaturales que influyen en los sucesos que ocurren en el universo. La ciencia, por supuesto, rechaza todo supuesto sobrenatural de este tipo, y practica un “naturalismo metodológico” que, si bien no niega la posibilidad lógica de que haya fuerzas más allá de lo natural, entidades espirituales o propósitos trascendentes, sí reconoce que ninguna de estas posibilidades es útil o aporta algo al estudio científico del universo, y por tanto las excluye de las explicaciones científicas. No se trata de un prejuicio, sino de una limitación metodológica: lo espiritual o sobrenatural no puede ser estudiado con los métodos de la ciencia, ni para probarlo ni para refutarlo.

Particularmente peligrosas y dañinas son las seudociencias médicas, a las que suelo referirme con frecuencia, no sólo por su comprobada ineficacia, sino porque, al distraer a los pacientes de los tratamientos realmente útiles, ponen en peligro su saludo o su vida. Muchas de ellas incorporan conceptos místicos: numerosas seudomedicinas y terapias “alternativas” introducen, como elementos básicos de su doctrina, conceptos de tipo metafísico hace mucho refutados por la investigación médica, como la creencia en “energías” misteriosas que controlan la salud y la enfermedad (vitalismo).

Los defensores de esta seudomedicinas, además, atacan siempre a la medicina científica, acusándola de ser “reduccionista” y “materialista”: la descalifican precisamente por adoptar una postura naturalista. Sin embargo, la investigación médica rigurosa jamás ha podido demostrar, de manera clara –como se hace con los resultados de cualquier investigación médica aceptada– la efectividad de estas terapias. Si lo lograran, la comunidad médica y científica adoptaría inmediatamente sus resultados y buscaría la manera de aplicarlos y mejorarlos.

Parecería que, si hay tantas “medicinas alternativas” y teorías intrigantes no aceptadas por la ciencia, y si tanta gente cree en ellas, el menos algunas deberían tener bases reales, deberían ser ciertas. Sin embargo, en ciencia se requiere evidencia rigurosa y sistemática que respalde a una teoría. Si no la hay, ninguna teoría, por atractiva que sea, logra ser aceptada. Así funciona la ciencia.

Si pensamos en la ciencia como un círculo de conocimiento confiable que se va expandiendo en el infinito campo de lo que ignoramos, en su interior hay teorías sólidas, aceptadas por el consenso de la comunidad científica, y que cuentan con abundante evidencia experimental que las avala. En sus orillas, que son un tanto borrosas, hay otras teorías que se consideran prometedoras y que, aunque quizá aún no cuenten con suficiente evidencia, son coherentes con el resto del conocimiento científico y ofrecen posibles maneras de ser puestas a prueba, para llegar quizá a ser plenamente aceptadas. Por lo pronto, vale la pena explorar su potencial.

Pero las seudociencias se hallan claramente fuera de este círculo: además de carecer de evidencia, contradicen el conocimiento científico aceptado. Por más lógicas que suenen, por más que nos gustaría que fueran ciertas (porque, además, siempre ofrecen cumplir nuestros más anhelados deseos), no pueden ser consideradas como ciencia.

El ser humano tiene una sorprendente tendencia a engañarse a sí mismo. La ciencia es el método más útil que ha logrado desarrollar, a lo largo de su historia, para contrarrestar esa tendencia. Mantener y defender la división entre ciencia y seudociencia no es intolerancia ni dogmatismo. Es control de calidad.

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domingo, 30 de abril de 2017

¿Seudociencia en la UNAM?

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 30 de abril de 2017

Las universidades, sobre todo las públicas, son los espacios naturales para la apertura y la tolerancia. Pero también están obligadas a ser baluartes de la cultura y del rigor académico, que son los cimientos de su reputación, y garantes del papel que cumplen en la sociedad.

El sábado pasado 22 de abril se llevó a cabo en todo el mundo, con una importante participación en México, y en particular en la capital, la Marcha por la Ciencia, que buscó, entre otras cosas, defender la importancia de la investigación científica y del conocimiento que ésta genera para las sociedades modernas. Los valores de la ciencia, entre los que se hallan el compromiso con la realidad, el pensamiento crítico, la honestidad intelectual y el rigor metodológico, son tan importantes como las aplicaciones tecnológicas del conocimiento que se genera gracias a estos valores.

En la marcha hubo una importante participación –no podía ser de otro modo– de contingentes formados por estudiantes de licenciatura y posgrado y por investigadores científicos de varias de las principales instituciones públicas de educación superior, incluyendo al Instituto Politécnico Nacional (IPN), la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) y, por supuesto, la máxima casa de estudios de nuestro país, y una de las principales universidades de Latinoamérica, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Por eso resulta alarmante ver que, casi simultáneamente, aparecieron diversos mensajes en medios de la propia UNAM, o asociados a ella, donde se promueve el pensamiento anticientífico al presentar terapias seudomédicas, carentes de toda utilidad terapéutica, como si fueran no sólo válidas, sino como valiosos avances, y donde se criticaba al mismo tiempo a la medicina científica, basada en evidencia.

El ejemplo más notorio fue el artículo titulado “Todo lo que no es alopatía…”, firmado por la doctora Paulina Rivero Weber, filósofa y directora del Programa Universitario de Bioética (PUB) de la UNAM. El texto fue publicado el 19 de abril en un espacio institucional que, con el nombre “Una vida examinada: reflexiones bioéticas”, el PUB tiene en la revista digital Animal político.

En él, Rivero se dedica a defender, contra la que ella llama “medicina alópata” (nombre que sólo los homeópatas usan), a terapias “alternativas” como la homeopatía y la acupuntura, entre otras. Y lo hace, por desgracia y contradiciendo el consejo que ella misma ofrece en su texto (“no se debe hablar de aquello que se desconoce”), desde la más profunda ignorancia. Los argumentos que ofrece para justificar su defensa de estas seudoterapias son lamentables: van desde evidencia anecdótica (como a ella le han funcionado, queda demostrada su eficacia) al argumento de autoridad (su médico, un doctor González, estudió en China, por lo tanto hay que creer en su palabra) y a la falacia de popularidad (o argumento ad populum; como mucha gente dice que le ha funcionado, debe ser cierto).

La doctora Rivero pasa así por encima de cientos de investigaciones clínicas rigurosas, llevadas a cabo en instituciones médicas de prestigio de todo el mundo, y publicadas en las mejores revistas científicas arbitradas, así como estudios comisionados por las autoridades de salud de muchos países desarrollados, que han encontrado que la homeopatía, la acupuntura y tantas otras “terapias alternativas” carecen de cualquier efecto terapéutico real, razón por las que no son reconocidas por la comunidad médica mundial (aunque sí, naturalmente, por las sociedades de homeópatas o de acupunturistas). Incluso, como ya se ha referido en este espacio, en países como Reino Unido, Francia, España, Australia, Holanda o Suiza se ha retirado el apoyo con fondos públicos para tratamientos homeopáticos, y recientemente en Estados Unidos se obliga a los medicamentos homeopáticos a portar una advertencia de que no hay evidencia científica que confirme su efectividad.

Quizá la doctora Rivero desconozca lo anterior. Pero no habría sido tan difícil averiguarlo. Quizá desconozca también las condiciones en que se realizan los estudios clínicos para validar una terapia médica: un grupo de pacientes y otro de control, el uso de placebos administrados por el método de doble ciego, para evitar sesgos, y un riguroso análisis estadístico posterior para detectar si hay algún efecto real, distinto del azar, producido por la terapia.

La doctora Rivero pasa también por encima del conocimiento científico actual, que entra en franca contradicción con los supuestos fundamentos teóricos de ambas disciplinas. Respecto a la homeopatía, la idea de que sustancias que normalmente producen un efecto, al ser diluidas infinitesimalmente, pueden producir el efecto contrario, y que su “potencia” aumenta conforme más diluidas estén (lo cual va, por supuesto, contra todo el conocimiento químico actual). En el caso de la acupuntura, que existe una “energía vital” llamada chi o qui que fluye por unos supuestos canales en el cuerpo humano llamados “meridianos”, y que la inserción de agujas puede corregir problemas en su flujo (por supuesto, ni el chi, que es “inmaterial e imperceptible”, ni los meridianos, que no corresponden a las venas, arterias, nervios ni vasos linfáticos, han sido jamás detectados).

Vale decir que la opinión de Rivero Weber no es representativa de lo que piensan los demás miembros del PUB. En el espacio en Animal político se advierte que “Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM”. Y probablemente su beligerante texto fue escrito como respuesta a otro artículo publicado anteriormente, el 5 de abril, por otro miembro del PUB, César Palacios González, en el mismo espacio. En este texto, titulado “Estado mexicano, lectura del huevo y homeopatía”, el autor hacía una reducción al absurdo para enfatizar lo absurdo, desde el punto de vista científico como ético, de que las instituciones de salud del Estado mexicano financien tratamientos “alternativos” que carecen tanto de base científica como de efectividad terapéutica. Pero nada de eso justifica la promoción que Rivero hace, no en un foro personal, sino en un espacio público amparado bajo el nombre del PUB y la UNAM, y en su carácter de directora del propio PUB, de la charlatanería seudomédica.

Contra lo que Rivero afirma en su texto, quienes combatimos la promoción de la homeopatía, la acupuntura y demás seudomedicinas no lo hacemos por ignorancia o prejuicio, sino basados en el conocimiento científico aceptado, que a su vez se fundamenta en la experimentación controlada, la búsqueda de evidencia y el análisis y discusión crítica de la misma. Y la respuesta que la ciencia da es clara: no hay evidencia alguna de que tratamientos como éstos tengan algún efecto terapéutico detectable.

Sin embargo la popularidad de este tipo de terapias es grande. Tan grande, que en algunas dependencias de la propia UNAM, como las Facultades de Estudios Superiores Cuautitlán y Zaragoza, se imparten ya cursos de éstas y otras disciplinas “alternativas”, y en las redes sociales universitarias se difunde, como si fuera motivo de orgullo, la aplicación de “acupuntura veterinaria” por egresados de la UNAM. (Hay otros ejemplos dentro y fuera de la UNAM, como la materia de “medicina holística” que se imparte en su Escuela Nacional de Enfermería, o la existencia de un Hospital Nacional Homeopático dependiente de la Secretaría de Salud, como ya se ha comentado aquí.)

El problema de cómo distinguir la ciencia legítima de sus imitaciones seudocientíficas no es sencillo, y ha ocupado por décadas a los filósofos de la ciencia. Pero eso no justifica que cualquier disciplina tenga derecho a ser aceptada como ciencia. Hasta el momento, el criterio que rige, como ha regido siempre, para distinguir ciencia de seudociencia es el consenso de la mayoría de los miembros de la comunidad científica de expertos relevantes. Consenso que obedece, entre otros criterios, a la evidencia y los argumentos para legitimar una disciplina como “científica”. Como dijera el famoso comediante y defensor del pensamiento racional australiano Tim Minchin “¿sabes cómo le llaman a la medicina alternativa que demuestra ser efectiva? Medicina”.

Preocupa que la directora del Programa de Bioética de una Universidad Nacional se erija como defensora de seudoterapias que, al carecer de efectividad ponen en peligro e incluso dañan –al hacer perder un tiempo valioso, o al recomendar tratamientos sin un control farmacológico adecuado– la salud de los pacientes. Hay en ello un evidente conflicto ético.

Y preocupa que en la UNAM se impartan y se difundan seudociencias médicas, porque se daña así la imagen y confiabilidad de la Universidad de todos los mexicanos (así como el IPN ha visto dañada la suya por la existencia continuada de una Escuela Nacional de Medicina y Homeopatía, que si bien tiene raíces históricas, no tiene razón de ser en el siglo XXI, y por la venta de productos milagro por parte de “egresados del IPN” que lucran con su marca).

La doctora Rivero hace algunas propuestas que pueden ser útiles: que se distinga entre charlatanes y profesionales calificados (aunque ella supone que los homeópatas y acupunturistas con estudios son, de alguna manera, “profesionales calificados” del área de la salud). Su idea podría aprovecharse estableciendo, en la UNAM y en otras instituciones académicas, mecanismos que, sin restringir la diversidad y pluralidad de pensamiento, ni la libertad académica, sí garanticen un mínimo rigor cuando se habla de ciencia, y sobre todo de ciencias médicas, para impedir que disciplinas seudocientíficas invadan los recintos universitarios. Esto podría hacerse, quizá, estableciendo comités que avalen el rigor científico de la información que se difunde y los cursos que se imparten.

Ojalá que las autoridades de la UNAM tomen medidas para garantizar el rigor académico en el conocimiento que se difunde en nombre de la institución, y para garantizar la confiabilidad de las terapias que la propia UNAM avala. De otra manera, la reputación de nuestra máxima casa de estudios podría verse, lamentablemente, erosionada.

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domingo, 23 de abril de 2017

Prejuicios y computadoras

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 23 de abril de 2017

Todos tenemos prejuicios. Algunos los reconocemos abiertamente; otros los negamos, o incluso no somos conscientes de tenerlos. Como sociedad, queremos combatirlos; como individuos, somos buenos para detectar y criticar los prejuicios de los demás, pero nos resistimos a reconocer los que tenemos, o somos incapaces de verlos.

¿De dónde surgen los prejuicios? En algunos casos, como los de gente que abiertamente reconocer ser racista o machista, parecieran ser producto de elecciones conscientes y racionales. Pero también es muy probable, sobre todo en los prejuicios inconscientes, que en ellos influyan la educación, la cultura y el entorno social, además de las experiencias personales.

Una de las ideas que forman parte de la cultura del combate a los prejuicios y la discriminación es que el lenguaje puede ser una herramienta para fomentar, o bien combatir, los prejuicios. De ahí las campañas, por ejemplo, de uso de lenguaje inclusivo para luchar contra los prejuicios de género.

Pero, ¿cómo podríamos saber de manera más objetiva si realmente existe una relación directa entre el lenguaje que usa un grupo social y los prejuicios que pueda tener? Uno pensaría que sólo las ciencias sociales podrían responder a esta pregunta, pero sorprendentemente hay desarrollos recientes en las ciencias de la computación, y más específicamente en el área de la inteligencia artificial, que están proporcionando herramientas para contestarla, más allá de razonamientos de sentido común y ejemplos anecdóticos.

En 1998 se introdujo un método denominado IAT (Test de Asociación Implícita) para detectar las relaciones que una persona percibe entre ciertas palabras y conceptos. Consiste en presentar dos parejas de palabras en una computadora y medir el tiempo (en milisegundos) que el sujeto tarda en oprimir teclas para indicar si halla relación entre ellas. Así se pudo demostrar con claridad, por ejemplo, que los individuos tienden más a asociar nombres masculinos con ocupaciones profesionales y nombres femeninos con ocupaciones del hogar (aun cuando, al preguntársele, los sujetos nieguen tener prejuicios de género).

Porcentaje de mujeres
en distintas ocupaciones
En el número del 14 de abril de la revista Science un grupo de investigadores de la Universidad de Princeton, encabezado por Aylin Caliskan, publicó un artículo donde muestran que una computadora, analizando qué tan frecuentemente aparecen unas palabras en relación con otras en un cuerpo de textos, puede hallar exactamente las mismas correlaciones reveladoras de prejuicios que la prueba IAT.

Los especialistas en tecnologías de la información utilizaron algoritmos ya existentes que representan cada palabra, tomada de un vocabulario de 2.2 millones de vocablos extraídos de internet, como un vector de 300 “dimensiones semánticas” (el cual representa matemáticamente la relación entre cada palabra y otras palabras junto a las que aparece frecuentemente).

Caliskan y colaboradores generaron otro algoritmo, que denominaron WEAT (test de asociación por inmersión –embedding– de palabras) para analizar matemáticamente la correlación entre los vectores que representan a cada palabra (estudiando, de manera completamente matemática y abstracta, la correlación entre los cosenos de los vectores). Dicha correlación equivalente precisamente a los tiempos de reacción en la prueba IAT. Y lograron así “extraer” de la base de datos no sólo información, sino significado.

En particular, replicaron con exactitud los hallazgos, obtenidos previamente en estudios con el método IAT en sujetos humanos, de que el lenguaje lleva implícitos ciertos juicios. Algunos son éticamente neutros (“insecto” y “arma” se correlacionan con “desagradable”, mientras que “flor” e “instrumento musical” se correlacionan con “agradable”). Otros, en cambio, reflejan estereotipos indeseables (los nombres propios comunes en la población negra se correlacionan mucho más que los nombres comunes en la población blanca con el concepto de “campesino”; los nombres masculinos se asocian más con actividades profesionales y científicas, mientras que los femeninos se asocian más con actividades del hogar y artísticas). Finalmente, otras asociaciones simplemente reflejan hechos del mundo (por ejemplo, los nombres masculinos y femeninos se correlacionan con distintas profesiones de una manera que refleja el porcentaje real de hombres y mujeres que trabajan en dichas profesiones).

Lo asombroso es que el algoritmo puramente matemático de Caliskan y su grupo, partiendo simplemente de una base de datos de millones de palabras, logra saber que los grupos humanos tienen esos juicios (y prejuicios) sin que sea necesario estudiar a personas. La inteligencia artificial detrás del algoritmo, sin tener “experiencia directa del mundo” y sin tener una comprensión consciente del lenguaje, sabe las mismas cosas, incluyendo los prejuicios, que presentamos los seres humanos como producto de nuestra educación, experiencias y cultura.

Algoritmos como el de Caliskan pueden ser herramientas utilísimas en muchas áreas. Podría permitir estudiar, por ejemplo, los prejuicios y asociaciones de grupos humanos del pasado, siempre y cuando hayan dejado suficientes textos para analizar: una mina de oro para historiadores y para sociólogos y psicólogos del pasado. Pero también permitirá estudiar y aclarar preguntas como la de si los prejuicios incrustados en el lenguaje son causa o efecto de los prejuicios culturales de una sociedad. ¿Causan las palabras los comportamientos discriminatorios, o éstos surgen primero y se reflejan luego en el lenguaje?

El método también se podrá usar para estudiar los sesgos y prejuicios inherentes en los medios electrónicos y escritos dirigidos a distintas poblaciones, y entender mejor cómo influyen en fenómenos de polarización política, racial o ideológica.

Finalmente, y conforme las inteligencias artificiales se vayan desarrollando, métodos como el de Caliskan permitirán detectar y combatir –eliminando las correlaciones no deseables– los sesgos que pudieran contaminar sus juicios. ¡Lo último que queremos son futuras máquinas inteligentes que reflejen nuestros propios prejuicios!

Quizá, con el conocimiento generado gracias a métodos como éstos, un día podamos entender mejor las raíces de nuestros prejuicios, sobre todo los inconscientes, y comprendamos en qué grado somos o no culpables de tenerlos (o si son simplemente producto de la cultura en que vivimos). Y quizá sepamos mejor cómo combatirlos y evitar que se perpetúen.

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domingo, 16 de abril de 2017

La Marcha por la Ciencia

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 16 de abril de 2017

Vivimos, a nivel global, tiempos difíciles. No sólo por la llegada al poder de un energúmeno como Donald Trump, que constituye una catástrofe en sí misma, sino por el resurgimiento de vicios humanos que creíamos, si no ya eliminados, al menos en proceso de ser superados.

Vicios como el racismo, que fomenta la división y la estigmatización de grupos humanos basados en su color de piel, religión u origen étnico. Como la homofobia, la misoginia, el machismo, y tantas otras formas de discriminación, que consideran que hay seres humanos superiores y otros indignos. Como el pensamiento anticientífico, que niega la evidencia respecto a fenómenos bien estudiados y conocidos y fomenta el comportamiento irracional que sólo daña a nuestras sociedades y a la naturaleza de la cual dependemos. Como los regímenes autoritarios, que con base en ideologías políticas, religiosas o económicas gobiernan vulnerando los derechos de sus ciudadanos y dañando a sus naciones.

Pero la influencia de los Estados Unidos en el mundo es grande, y las decisiones que toma su irresponsable presidente en materia de política, ciencia, migración, diplomacia, leyes y muchas otras áreas afectan no sólo a los estadounidenses, sino al mundo entero.

En particular, muchas de las pésimas decisiones que Trump ha tomado tienen que ver con la ciencia, como ya hemos comentado en este espacio. Decisiones que tienen que ver con negar la realidad del cambio climático ocasionado por el ser humano, producto de las emisiones de gases de invernadero de origen industrial; con el cambio de políticas en oficinas del gobierno federal relacionadas con la ciencia, la tecnología, la salud, la agricultura y el ambiente; con su apoyo a ideas anticientíficas carentes de sustento como el movimiento antivacunas, y tantos otros agravios. (De hecho, muchas de las medidas migratorias y regulatorias que la administración Trump está tomando tienen como base más el odio y el racismo que datos verificables.)

Desde fines de enero, un grupo creciente de científicos estadounidenses comenzó a organizar, en la ciudad de Washington, una gran Marcha por la Ciencia. ­Tomaron como inspiración la gran Marcha de las Mujeres que se organizó el 21 de enero en Washington y otras ciudades, con gran éxito. La marcha se propone, en términos generales, según su página web, “defender que la ciencia, financiada de manera decidida y comunicada al público, constituye un pilar de la libertad y la prosperidad humanas”. Se trata de un movimiento “diverso, no partidista, que aboga por una ciencia que promueva el bien común”, y busca exigir que los gobernantes y legisladores “establezcan políticas para el interés público basadas en evidencia”, y no en creencias o ideología (o peor: caprichos).

A partir del lanzamiento de la convocatoria, numerosas asociaciones científicas estadounidenses fueron sumándose, hasta llegar (al 15 de abril) a unas 100. Entre ellas, las poderosas American Chemical Society (Sociedad Química Estadounidense), con 157 mil miembros; la AAAS (American Association for the Advancement of Science, Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia), con 100 mil miembros, y la American Geophysical Union (Unión Geofísica Estadounidense), con 60 mil miembros.

Pero también comenzaron a organizarse, fuera de los Estados Unidos, “marchas satélite” que hasta el momento suman 514 en 52 países. En México hay cuatro marchas registradas oficialmente en la página estadounidense: una en la Ciudad de México y otras en Guadalajara, San Luis Potosí e Irapuato (Guanajuato). Sin embargo, se reporta que habrá hasta 13 marchas o eventos relacionados en nuestro país, en ciudades como Monterrey, Mérida, Culiacán, Oaxaca, Toluca y los que se sigan sumando (busque información en su localidad). Y organismos como la Academia Mexicana de Ciencias, la Academia de Ingeniería, la Academia Nacional de Medicina de México y la sociedad Astronómica de México han expresado su adhesión a la marcha.

No se trata, hay que aclararlo, de marchas políticas o partidarias, ni sus demandas se limitan a lo que ocurre en Estados Unidos: en México se protestará también contra las políticas nacionales que disminuyen o limitan el apoyo a la ciencia (bajos presupuestos para la ciencia, disminución en los montos de becas de posgrado y otros).

Se trata de defender el valor de la ciencia como forma de ver el mundo, de obtener información confiable sobre él y de aplicar el conocimiento obtenido para tomar decisiones racionales en beneficio de la humanidad y el planeta. Y se trata de combatir no sólo las decisiones del gobierno de Trump, sino de mostrar que la ciencia –la investigación científica, la difusión del pensamiento científico entre los ciudadanos y la aplicación del conocimiento científico en la toma de decisiones– es indispensable para el bienestar y desarrollo de cualquier sociedad que aspire a llamarse moderna y democrática.

Y también se trata de mostrar que medidas como las restricciones migratorias que Trump está imponiendo pueden dañar la colaboración científica internacional, de la que depende en gran medida el progreso científico. El pasado 17 de marzo el semanario Science, de la AAAS –una de las dos revistas científicas más influyentes del mundo– publicó una carta en la que el especialista en origen de la vida Antonio Lazcano y otros dos investigadores mexicanos explican el daño que las políticas de Trump podrían causar a la colaboración entre investigadores mexicanos y estadounidenses. Colaboración que es vital no sólo para México (cerca del 10 por ciento de los miembros del Sistema Nacional de Investigadores, SNI, obtuvo su doctorado en Estados Unidos, y más de una tercera parte de los artículos de investigación publicados por mexicanos en colaboración con científicos extranjeros ha sido con investigadores estadounidenses), sino para la colaboración científica internacional en general. Si Estados Unidos cierra sus fronteras a la ciencia, se aislará del sistema científico internacional, en un juego de perder-perder tanto para ese país como para sus socios.

Las decisiones de personas como Trump, que ponen su ideología y creencias por encima de la ciencia y el conocimiento, nos ponen en riesgo a todos. Por eso y por muchas otras cosas, vale la pena asistir este sábado 22 a las 4 pm a la Marcha por la Ciencia. En la Ciudad de México la ruta partirá del Ángel de la Independencia y llegará al Zócalo. Ojalá podamos organizar una gran marcha que demuestre que en México sí valoramos la ciencia. ¡No falte!

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