miércoles, 30 de diciembre de 2015

Dolor en año nuevo

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 30 de diciembre de 2015

Navidad y año nuevo son dos épocas especialmente propicias para el dolor y la depresión. Probablemente porque son tiempos en que la soledad, la ausencia de seres queridos y otras experiencias penosas tienden a estar más presentes en nuestra mente que de costumbre.

El dolor, tanto físico como emocional, es una de las experiencias más difíciles de definir. Y también de medir, lo que ha limitado considerablemente su estudio científico. De hecho, el dolor es uno de los ejemplos clásicos de qualia: experiencias subjetivas conscientes, que son intrínsecamente personales y por lo tanto inefables (imposibles de describir) e incomunicables. Otros ejemplos clásicos de qualia son las experiencias de “qué se siente” percibir el color rojo o el sabor del café. Uno no puede describirle a una persona ciega, por ejemplo, qué se siente ver una manzana roja. Y alguien con migraña no puede hacer que quien nunca la ha padecido sepa qué se siente tenerla.

Una discusión científico-filosófica que ha durado décadas es la de si los qualia son entidades reales, o si pueden describirse fisiológicamente al detallar exactamente qué nervios y qué áreas del cerebro se activan al sentir, por ejemplo, el dolor de una aguja pinchando la piel. Pero para eso se requeriría primero poder medir objetivamente dicho dolor. ¿Cómo?

Ha habido numerosos intentos por lograrlo, con “dolorímetros” y “escalas de dolor” de distintos tipos inventados al menos desde 1940, que usan estímulos como calor, presión u objetos punzantes, y que tradicionalmente usaban la valoración subjetiva de los pacientes (qué tanto decían que les dolía) para estimar la intensidad del dolor producido. Por desgracia, estos métodos son tan variables y poco estandarizados que no han sido muy útiles para obtener una medida objetiva y precisa del dolor.

Y ¿por qué querríamos medir el dolor de manera objetiva? En primer lugar por lo mismo que se hacen muchos estudios científicos: por curiosidad, para tratar de entender mejor cómo funciona el mundo. Pero también hay abundantes casos en que saber si una persona siente dolor y la intensidad de éste sería muy útil. Por ejemplo, con pacientes que no pueden comunicarse, niños demasiado pequeños, personas semi-inconscientes o con deficiencias cognitivas. (Incluso, comenzando a especular, para desenmascarar a timadores o hipocondriacos que dicen sufrir dolor sin sentirlo… ¡y ni hablemos de los jugadores de futbol que se tiran al suelo gritando!)

El problema es que, si el dolor es un quale (singular de qualia), no debería ser posible medirlo fisiológicamente. En cambio, si al detectar los cambios precisos que tienen lugar en el cerebro se pudiera saber, e incluso predecir, cuándo una persona está sufriendo dolor (por ejemplo), incluso si el sujeto no lo expresa, ello significaría que los qualia, tal como los han entendido los filósofos, no existen realmente como algo separado, “mas allá” del funcionamiento cerebral.

Un artículo publicado en abril de 2013 en el New England Journal of Medicine por un equipo de neurólogos encabezado por Ethan Kross, de la Universidad de Michigan, en Estados Unidos, llamó mucho la atención al presentar un estudio en que se logró, mediante métodos de visualización de la actividad cerebral (resonancia magnética funcional o fMRI, que detecta qué áreas específicas del cerebro presentan mayor flujo de sangre, y por tanto están más activas), establecer una firma neurológica (un patrón específico de actividad de distintas regiones del cerebro) que les permitió identificar precisamente cuándo un paciente siente dolor.

El estudio empleó a 114 voluntarios sanos de ambos sexos, y los dividió en cuatro grupos, a los que se les realizaron diversos estudios. En un primer experimento, les aplicaron calor en la piel del antebrazo izquierdo con intensidades que iban de lo inocuo a lo doloroso, mientras observaban por fMRI qué áreas cerebrales se activaban. Con base en esos datos, derivaron mediante un algoritmo “inteligente” de computadora (es decir, que es capaz de ir aprendiendo, al comparar datos conocidos con sus resultados, a predecir el resultado de nuevos datos), la “huella digital cerebral” del dolor.

A continuación, en un segundo experimento, aplicaron calor con diversas intensidades a un grupo distinto de voluntarios, y lograron predecir con un 95% de éxito, sólo con base en qué áreas cerebrales se activaron, si los pacientes sentían o no dolor. Es éste el logro que hace interesante al estudio. Se demostró que se puede saber, mediante este método, si un paciente siente dolor, incluso si es incapaz de expresarlo.

Por supuesto, se trata sólo de un estudio inicial; habrá que confirmarlo y ver si los resultados se pueden generalizar a dolores en distintas partes del cuerpo, o de distintos tipos (cutáneo o en órganos internos, por ejemplo), o con diversas causas clínicas. Probablemente, comentan los autores, para aplicarlo en hospitales y otros sitios habrá que generar varias “firmas neurológicas” distintas.

Pero no contentos con eso, los investigadores hicieron otros dos experimentos para investigar otros aspectos de la experiencia dolorosa. En el tercero utilizaron pacientes que habían tenido una ruptura amorosa reciente y aún dolorosa, y aparte del estímulo térmico midieron su respuesta cerebral al “dolor social” mostrándoles una foto de sus ex-parejas (y también la de un amigo cercano, como control). Detectaron que, aunque se activaban áreas cerebrales similares, el patrón de activación era claramente distinto respecto al del dolor físico.

Finalmente, en un último grupo, inyectaron un analgésico potente a los pacientes antes de aplicar el estímulo térmico, y detectaron que, además de disminuir la sensación subjetiva de dolor, la activación de las áreas cerebrales asociadas disminuía también en un 53%. De modo que el método podría también servir para saber si un tratamiento contra el dolor está realmente funcionando.

Como se ve, el avance científico parece, en este caso, estar dejando atrás la noción filosófica de los qualia. Aunque habrá quien replique que lo que se observa es sólo el “correlato” fisiológico de la sensación subjetiva del dolor. De cualquier modo, si el método funciona y ayuda a dar mejor tratamiento a los pacientes que sufren, ¿qué importa la diferencia?

Le deseo que disfrute, no sufra, con el año nuevo.

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miércoles, 23 de diciembre de 2015

Vegetarianos, ideología y salud

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 23 de diciembre de 2015

La ciencia suele dar sorpresas. Muchas veces nos revela cosas que van en contra de nuestro sentido común. A veces profundamente en contra, como cuando la física cuántica nos mostró que las partículas pueden ser al mismo tiempo ondas, que no podemos conocer su posición de manera precisa al mismo tiempo que su velocidad, o que pueden pasar de un punto a otro sin transitar por el espacio intermedio.

Pero otras veces sólo se contradice el sentido común de forma moderada, como ocurre con frecuencia en las ciencias médicas (que son, por su propia naturaleza, y por la complejidad y variabilidad de su objeto de estudio, mucho menos tajantes, precisas y universales que las ciencias físicas). Por ejemplo, como cuando nos dice que comer carne puede ser dañino (pues, como se reveló hace algunos meses, aumenta el riesgo de contraer ciertos tipos de cáncer), que los suplementos vitamínicos son esencialmente inútiles, o cuando un estudio revela que la alimentación vegetariana (y probablemente también su variante más extrema, el veganismo) puede no ser benéfica para la salud, como se cree, e incluso pudiera ser dañina a largo plazo.

El estudio, realizado por un equipo de especialistas del Instituto de Medicina Social y Epidemiología de la Universidad Médica de Graz, en Austria, es ya viejo. Se publicó en febrero de 2014, hace casi dos años, en la revista PlosOne. Sin embargo, la discusión sobre el tema resurgió recientemente en foros y redes sociales de internet.

Se basó en datos de una encuesta de salud que hace el gobierno austriaco a sus ciudadanos cada 8 años. Los investigadores tomaron una muestra de mil 320 hombres y mujeres de diversas edades y situaciones socioeconómicas. Se estudiaron cuatro tipos de dieta: vegetariana, carnívora con alto consumo de frutas y verduras, carnívora con poca carne y carnívora con alto consumo de carne. Se analizó en cada uno de estos grupos su percepción subjetiva respecto a su salud, la presencia de incapacidades físicas o enfermedades crónicas, su riesgo de padecer enfermedades vasculares, la calidad de sus cuidados médicos (si se vacunan, si reciben cuidado médico regular, si se realizan estudios preventivos) y su calidad general de vida (que se mide con métodos estandarizados). Lo que se halló fue que, en resumen, los vegetarianos, aunque son menos obesos y consumen menos alcohol que los demás, tienden a ser menos saludables en general, pues padecían más de cáncer, alergias y padecimientos mentales que los otros grupos, y requerían más cuidado médico y tenían una menor calidad de vida.

Los detalles del estudio son complicados y no totalmente claros; la discusión que se ha dado desde que se publicó ha sido intensa. Pero a mí lo que me llamó la atención sobre todo fue el tipo de argumentos que se manejaron en internet. En general, los vegetarianos y veganos descalificaban el estudio, sosteniendo que sus resultados eran “basura” y rechazaban su validez. En cambio, quienes objetan el vegetarianismo lo veían como una “demostración” absoluta de lo inútil que es evitar el consumo de carne.

La realidad es que estos estudios, aunque son interesantes siempre y cuando estén bien hechos, nunca llegan a dar respuestas tajantes. Ni el consumir carne causa cáncer (aunque sí puede aumentar ligeramente el riesgo de padecerlo) ni el vegetarianismo protege contra las enfermedades, probablemente ni siquiera mejore la salud y quizá pueda perjudicarla (lo cual no sería sorpresivo, pues es un estilo de alimentación muy artificial que va en contra de nuestra naturaleza esencialmente omnívora).

¿Por qué entonces tanta discusión? Porque en el fondo se trata de temas ideológicos. Los vegetarianos y más aún los veganos parten de una idea que relaciona los productos de la actividad humana (lo “artificial”) con algo dañino, y lo “natural” con la salud (lo que no explico es por qué ven el comer carne como algo “artificial”). Los amantes de la carne, por el contrario, queremos justificar nuestro placer al masticar un filete arguyendo que “no puede” ser dañino, “porque siempre lo hemos hecho”.

Al final, la respuesta se encontraría, como suele ocurrir en temas de salud, en el justo medio: tomar en cuenta estos estudios (habrá que esperar a que nuevas investigaciones nos aclaren que tan confiables resultan ser los resultados del estudio austriaco) pero no caer en pánico; evitar los excesos y ejercer, sí, el sentido común. Desgraciadamente, eso no es noticia.

¡Feliz navidad!

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miércoles, 16 de diciembre de 2015

El problema con la ciencia


Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 16 de diciembre de 2015

Hace unos días compré, por 25 pesos, un billete de la Lotería Nacional con el que, si le pego al número premiado, podría ganar unos 300 mil pesos. Lo compré no por hábito, sino porque me hizo gracia que la ilustración, que muestra el bien conocido logotipo del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), que celebra su 45 aniversario.

Mi gesto podría parecer supersticioso: apostarle a ganarse la lotería es el ejemplo clásico de dejar las cosas a la suerte. Pero lo cierto es que alguien, inevitablemente –salvo casos de excepción– gana en cada sorteo de la Lotería. ¿Por qué no yo? Por otro lado, si no compro nunca un billete es seguro que jamás ganaré premio alguno.

Pues bien: uno de los principales problemas que tiene la ciencia, o más bien la percepción que muchos tenemos de ella, es que se trata de una actividad que puede planearse. Que uno puede decidir que va a dedicar tantos millones de dólares a desarrollar un maíz resistente a las sequías, o a producir la vacuna del sida o del resfriado común, o a generar baterías que permitan tener autos eléctricos seguros y baratos, o celdas solares más eficientes, y el resultado se obtendrá inevitablemente, con sólo dedicarle suficiente dinero y trabajo.

Esta visión, que comparte no sólo el ciudadano común, sino también los gobernantes y tomadores de decisiones, proviene de no entender el carácter fundamentalmente darwiniano de la investigación científica (y quizá de ver, cuando eran niños, demasiadas caricaturas en las que aparecen científicos que producen la máquina del tiempo o la fórmula de la invisibilidad con sólo pasar unos minutos metidos en su laboratorio secreto).

En realidad, un investigador puede decidir qué investigar, y puede soñar qué le gustaría descubrir, pero nunca puede saber con certeza qué hallará. La historia de la ciencia está llena de ejemplos de descubrimientos producidos totalmente al azar. Y en la práctica cotidiana de la investigación científica, los investigadores continuamente tienen que improvisar ante datos inesperados, problemas no previstos y hallazgos casuales que pueden llevar a resultados totalmente distintos de los que buscaban en un inicio… y que a veces resultan de mucha mayor importancia.

Por eso, cuando se juzga a la investigación científica con criterios eficientistas, como si fuera una labor comercial, se comete una gran injusticia. Igual que ocurre en la evolución biológica, y en todos los procesos darwinianos, en ciencia se necesita explorar azarosamente una gran cantidad de posibles rutas para hallar la opción óptima que permita avanzar. Hay que comprar muchos boletos, en forma constante, para ganar, de vez en cuando, premios grandes que paguen con creces todo lo invertido.

Los países ricos e industrializados lo saben: son lo que son gracias a que apoyan a una gran cantidad de científicos para que realicen investigación en una amplia gama de temas. Los países que sólo apoyan unos cuantos proyectos que prometen resolver los “grandes problemas nacionales” son como yo, que creo poder ganar la lotería comprando sólo un boleto muy de vez en cuando. Como dijera hace algunas décadas el doctor Ruy Pérez Tamayo, lo importante no es apoyar la “mejor” ciencia, sino apoyar toda la ciencia, siempre que esté bien hecha.

Creo que el Conacyt, en estos 45 años, y a pesar de sus fallas y carencias, de las críticas que ha recibido y de lo mucho que podría mejorar, ha logrado impulsar el desarrollo, perfeccionamiento y calidad de una gama amplia de proyectos de investigación científica y tecnológica en México. Sin Conacyt, la situación de la ciencia en nuestro país, y del país en general, sería mucho peor. ¡Felicidades!

(Ahí les aviso si me gano la lotería.)

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miércoles, 9 de diciembre de 2015

Algas, redes y ciencia nacional

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 9 de diciembre de 2015

La semana pasada tuve el privilegio de ser invitado a impartir un curso de divulgación científica por escrito para los miembros de la Red Temática sobre Florecimientos Algales Nocivos (RedFAN) del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), constituida por expertos nacionales en lo que comúnmente se conoce como “mareas rojas”.

Probablemente aprendí mucho más que los asistentes al curso. Porque las mareas rojas, que ni son mareas ni son siempre rojas (de ahí que prefieran llamarlas “florecimientos”), son fenómenos naturales que tienen tantos aspectos distintos e importantes que me pregunto cómo no oímos mucho más sobre ellos en las noticias.

Pero vayamos por partes. Las Redes Temáticas de Investigación del Conacyt son “asociaciones voluntarias de investigadores o personas con un interés común, dispuestas a colaborar y aportar sus conocimientos y habilidades, coordinadas de manera colegiada por un Comité Técnico Académico”. Su objetivo es fomentar la colaboración interdisciplinaria en temas científicos de importancia social o ambiental. Hay redes sobre los temas más diversos, como por ejemplo, la ciencia y tecnología espacial, la conservación del patrimonio cultural, la nanotecnología y nanociencia o los desastres climáticos.

La RedFAN estudia, como su nombre lo indica, los florecimientos, o proliferaciones masivas, de ciertos tipos de algas microscópicas, que forman parte del fitoplancton (en particular de la clase de los dinoflagelados, aunque también de muchos otros grupos), y que tienen la característica de producir toxinas nocivas para la salud humana y de otros animales.

Su misión es contribuir al conocimiento científico de los florecimientos algales nocivos, entender qué los origina, sus efectos negativos sobre los ecosistemas y la salud pública, y buscar formas de mitigarlos o controlarlos.

Y es que estos florecimientos, además de que pueden teñir de rojo los mares (aunque muchos florecimientos no tienen color), y producir toxinas que intoxican y matan a peces, camarones, tortugas, aves y mamíferos (se sabe que pueden llegar a intoxicar a ballenas y delfines, produciendo que encallen en las playas, y a aves costeras, que han llegado a lanzarse sin control contra edificios y personas, como en la película Los pájaros), pueden afectar muchas otras áreas.

Cuando surge uno de estos florecimientos, las autoridades de salud deben emitir una alerta sanitaria, pues las toxinas pueden ser extremadamente dañinas. Muchas veces esta alerta se acompaña de una veda que afecta las actividades de pesquería. Si una veda dura demasiado (algunas han durado meses), el perjuicio a la actividad pesquera puede ser grave, por eso para declararla se debe estar seguro de que es realmente necesaria. La acuicultura, otra actividad económica importante, también puede ser dañada por las “mareas rojas”, ya sea por las toxinas o porque las algas pueden consumir excesivamente el oxigeno del agua.


También el turismo puede verse afectado: a veces un florecimiento nocivo puede dar al traste con las reservas de pescado y marisco necesarias en restaurantes para una temporada alta (se tiene que desechar lo almacenado, y no se puede pescar localmente). Y la contaminación de playas y aguas puede ahuyentar a los turistas.

Ha habido casos bien documentados en que los efectos de florecimientos prolongados o frecuentes en una zona pueden afectar a las comunidades de pescadores al grado de provocar problemas sociales, como un aumento en la delincuencia.

Por cierto, también en aguas dulces puede haber florecimientos nocivos, lo que puede tener repercusiones en la agricultura y la ganadería.

Los expertos de la RedFAN, pertenecientes a diversas instituciones nacionales de investigación, abordan el tema no sólo desde el punto de vista biológico o ecológico, sino desde una gama de enfoques que va de la química y biología molecular (para estudiar las moléculas de toxinas y sus mecanismos de acción, pues hasta el momento no existen antídotos para ellas) a lo médico y lo tecnológico (para buscar nuevos y mejores métodos para detectarlas, además de que a partir de las toxinas podrían desarrollarse nuevos fármacos) y hasta los aspectos sociales y legales, además de asesorar a las diversas autoridades gubernamentales.

Las Redes Conacyt son sólo una muestra del enorme potencial del sistema de investigación científica y tecnológica de nuestro país. Conocer la RedFAN me permitió asomarme a un pedacito de esta riqueza. Es importante seguir apoyando y desarrollando este potencial, y sobre todo buscar las mejores maneras de aprovecharlo para beneficio de todos.

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miércoles, 2 de diciembre de 2015

Charlatanes al acecho

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 2 de diciembre de 2015


Mezcle usted la necesidad de salud de la gente con la existencia de charlatanes y estafadores, siempre presentes. Agregue una dosis de medios de comunicación masiva e instantánea, como las redes sociales. El resultado será una mezcla sumamente explosiva.

La cantidad de tratamientos y remedios “milagro” que se anuncian por TV o internet, y se venden en todo tipo de tiendas sin mucha regulación por las autoridades de salud, junto con los rumores virales que se esparcen sin control por el ciberespacio, se están convirtiendo en un verdadero problema de salud. Ya hemos hablado en este espacio de la nefasta campaña de desinformación que invita a la gente a no vacunar a sus niños, por ejemplo.

El pasado miércoles 25 de noviembre Notimex, “la agencia de noticias del Estado Mexicano”, dio a conocer un boletín que fue inmediatamente reproducido por la mayoría de los medios del país. En él anunciaba lo que parecía una magnífica noticia: “Dan a conocer oficialmente vacuna contra la diabetes”.

El tratamiento, que según las notas prometía “ser una solución para el avance del mal e incluso revertir sus efectos”, fue presentada “por organismos especializados”, que aseguraron que “este tratamiento alternativo puede ser usado tanto por niños como adultos, sin efecto colateral alguno”.

La noticia ser volvió viral en las redes sociales. E inmediatamente comenzó la discusión, porque parecía demasiado buena para ser cierta. Como efectivamente resultó ser. Bastaba leerla para detectar las primeras señales de alarma: se hablaba de un tratamiento “alternativo” que “no tiene efectos colaterales”.

En realidad, la expresión “medicina alternativa”, traducida al español significa “sin validez terapéutica confirmada” (como bien dice el genial cómico australiano Tim Minchin, “la medicina alternativa que ha probado ser efectiva se llama… medicina”). Y todo tratamiento médico, sin excepción, conlleva algunos efectos secundarios, algunos más graves y otros insignificantes.

Pero más allá de eso, la supuesta “vacuna”, presentada por un tal Salvador Chacón Ramírez, presidente de la Fundación Vive tu Diabetes, y por Lucila Zárate Ortega, presidenta de la Asociación Mexicana para el Diagnóstico y Tratamiento de Enfermedades Autoinmunes, se basaba en algo llamado “autohemoterapia”. Según explicaron en la conferencia de prensa donde dieron a conocer su tratamiento, la “vacuna” se basaba en extraer sangre al paciente, mezclarla con solución salina, refrigerarla y volvérsela a inyectar: “Al paciente se le sacan alrededor de cinco centímetros de sangre; se introducen en 55 mililitros de solución sanguínea [sic]. Esta se lleva a refrigeración a cinco grados centígrados”.

De alguna forma, esto mágicamente la transformaba en una “vacuna” que no cura, pero sí previene y mitiga la diabetes. ¿Cómo? Porque “cuando se da el cambio de temperatura de 37 grados –como sale del cuerpo– a la nueva temperatura, se produce un choque término y lo que era un problema se convierte en una solución dentro del frasco [cursivas mías], de tal modo que se corrige la falla genética y metabólica o inmunometabólica”.

Si no entendió usted nada, es porque se trata de simple palabrería hueca que sólo superficialmente suena “científica”. Igual a la que usan todos los charlatanes seudomédicos.

La verdad es que no existe vacuna ni cura conocida contra la diabetes, y no parece probable que la vaya a haber pronto (aunque existen, eso sí, investigaciones que exploran, por ejemplo, el posible efecto una administración regular de la vacuna contra la tuberculosis, que estimula en el cuerpo del paciente los niveles del factor de necrosis tumoral, una molécula reguladora del sistema inmunitario; quizá en 5 años se tengan resultados preliminares de este posible tratamiento para la diabetes tipo 1).

Afortunadamente, la Comisión Federal para la Protección Contra Riesgos Sanitarios (COFEPRIS), dependiente de la Secretaría de Salud federal, reaccionó rápidamente, y el jueves 26 lanzó un comunicado de prensa donde aclaraba que tal “vacuna” jamás había sido aprobada, desmentía su supuesta eficacia, anunciaba la clausura de la sede de la Fundación Vive tu Diabetes y el decomiso de sus productos (su página web ya no está disponible), y pedía no confiar los médicos de la Asociación Mexicana para el Diagnóstico y Tratamiento de Enfermedades Autoinmunes.

La COFEPRIS, que desde hace algunos años ha llevado a cabo decomisos de distintos “productos milagro” que carecen de registro sanitario y pueden, además de ser un fraude, causar daños a la salud de los pacientes que los utilizan, lanzó también una alerta respecto a esta fraudulenta “vacuna” en los 32 estados del país, y advirtió además que “no permitirá engaños a la salud pública y sancionará a los responsables de este nueva terapia ‘milagro’, por intentar lucrar con la salud de los pacientes diabéticos”. Qué bueno que contemos con servidores públicos que aplican el pensamiento científico y colaboran para proteger la salud de los ciudadanos ante el embate de embusteros que buscan lucrar con una enfermedad como la diabetes.

Desgraciadamente, hace falta, además de una mayor cultura médica y científica en nuestra población –siempre tan predispuesta a creer en remedios milagrosos, curaciones mágicas y todo tipo de complots–, un mucho mayor control de calidad de la información relacionada con temas médicos y científicos que se publica en los medios. Y más todavía tratándose de la agencia de noticias del Estado Mexicano. Notimex tiene un director general, Alejandro Ramos Esquivel, y un director editorial, Gabriel Pérez Osorio, que tendrían que salir a rendir cuentas de la falsa información que ayudaron a difundir. Ignoro si Notimex cuente además con un editor o con reporteros especializados para la sección de “Salud y ciencia” que aparece en su portal de internet, pero sí cuenta con una “defensora de la audiencia”, Sophie Anaya Levesque. Ojalá ella haya ya hecho ya algo respecto a la grave pifia que cometió Notimex. Por lo pronto, el comunicado original ha sido eliminado
de su página web.

Urge en nuestro país un mejor periodismo de salud y ciencia. Para ello se necesitará, además de formar periodistas profesionales especializados en estos temas (algo que ya se está impulsando desde universidades y asociaciones profesionales), de editores informados, de directivos responsables y de autoridades que colaboren con los medios para supervisar la calidad de la información que difunden, sobre todo cuando ésta pueda afectar la salud y el bienestar de los mexicanos.


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miércoles, 25 de noviembre de 2015

Genomas fluidos

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 25 de noviembre de 2015

Cuanto más conocemos a los seres vivos, más complejos y fascinantes revelan ser.

Ayer se celebraron en todo el mundo los 156 años de la publicación del libro en el que Charles Darwin propuso la teoría que le ha dado coherencia a todo el pensamiento biológico desde entonces: Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida.

Sin embargo, aparte del mecanismo que Darwin propuso, se ha descubierto que los seres vivos también pueden evolucionar de otras maneras. Una de las revoluciones conceptuales más importantes en biología tuvo lugar el siglo pasado cuando, en un artículo publicado en 1967, luego de numerosos rechazos, la bióloga estadounidense Lynn Margulis (que en ese entonces firmaba como Lynn Sagan, pues estaba casada con el famoso astrónomo y divulgador del mismo apellido) propuso la insólita teoría de que los organismos podían evolucionar a partir de la simbiosis.

En 1909, el biólogo ruso Konstantín Merezhkovski propuso que los “cromatóforos” (cloroplastos) de las células vegetales habían sido originalmente bacterias fotosintéticas que habían establecido una endosimbiosis con el antecesor de las células vegetales: se habían quedado a vivir dentro de ellas, para beneficio mutuo. Por su parte, en 1922 el biólogo estadounidense Ivan Wallin propuso un origen similar para las mitocondrias presentes en todas las células con núcleo, o eucariontes.

Margulis recuperó ambas ideas, las actualizó y durante décadas amasó una enorme cantidad de evidencia para apoyar la “teoría endosimbiótica” de la evolución. Hoy es aceptada sin reservas y se encuentra en todos los libros de texto.

Gran parte de la evidencia decisiva para la teoría de Margulis provino de la genética, pues se halló que una gran mayoría de los genes de mitocondrias y cloroplastos, que son distintos de los genes del núcleo de las células, son notoriamente similares a los presentes en bacterias. Hoy el árbol de la vida que muestra la genealogía de todos los seres vivos, partiendo de bacterias (procariontes, cuyas células no tienen núcleo definido) hasta los actuales animales, plantas, hongos y protozoarios eucariontes, tiene dos gruesas ramas cruzadas donde las bacterias pasaron, en dos grandes eventos de evolución súbita, a dar origen a mitocondrias, primero, y cloroplastos, más tarde.

Sin embargo, hay otra gran revolución que ha venido a ampliar la visión de la evolución que planteó Darwin: la llamada transferencia lateral u horizontal de genes, fenómeno ampliamente presente en procariontes mediante el que éstos intercambian genes, entre individuos y entre especies, de manera libre, de una célula a otra (y no de padres a hijos). A veces “copulando” entre ellas (proceso denominado conjugación), a veces tomando ADN que flota en el medio externo (transformación), y a veces porque un virus transfiere genes de una célula a otra (transducción).

La transferencia horizontal de genes ha revelado que los procariontes son organismos genéticamente promiscuos: intercambian genes tan continuamente que hoy más que de genomas separados de distintas especies se habla de “pangenomas”.

Muchos biólogos han propuesto que los eucariontes también podrían estar intercambiando continuamente genes con los procariontes. ¿Qué mecanismo evolutivo es más importante para la evolución de los eucariontes: la simbiogénesis que ocurre de golpe, de vez en cuando, e introduce súbitamente un nuevo genoma a la célula, como lo planteaba Margulis, o la transferencia horizontal, continua y suave, que va acumulando paulatinamente genes procariontes en el genoma de los eucariontes?

Un estudio realizado por un grupo internacional encabezado por William Martin, del Instituto de Evolución Molecular de Düsseldorf, Alemania, y publicado en agosto pasado en la prestigiosa revista Nature, analizó más de 9 mil genes de 55 especies de eucariontes (incluida la humana) y los comparó con más de 6 millones de genes de casi dos mil especies de procariontes.

El resultado, producto de un complejo análisis bioinformático, muestra claramente que, aunque los procariontes evolucionan intercambiando información horizontalmente, en los eucariontes la transmisión vertical, de padres a hijos, es muchísimo más importante. El análisis muestra de manera muy gráfica cómo el surgimiento de mitocondrias y cloroplastos incorporó súbitamente nuevos genes a los genomas de las células precursoras de los modernos eucariontes. (El trabajo también confirma que otra propuesta hecha por Margulis en 1967, la de que los organelos celulares conocidos como cilios o flagelos eucariontes –que ella llamaba undulipodios– se originaron por la endosimbiosis con bacterias del tipo de las espiroquetas, parece no tener mayor fundamento. No siempre se puede ganar.)

Margulis, que murió en 2011, se ha convertido también en un símbolo del feminismo en ciencia. En parte por su evidente importancia como científica muchas veces menospreciada en un medio predominantemente masculino. Su trayectoria y tesón son un ejemplo para fomentar la participación y la búsqueda de igualdad para las mujeres en ciencia. Por desgracia, también se ha querido usar a la simbiogénesis para promover una visión ideológica feminista más bien dudosa, presentándola como una forma de evolución más “femenina” y cooperativa, por contraste con la selección natural, que se basa en la competencia “masculina”. Visión que, sobra decirlo, no tiene mayor fundamento en la biología seria.

En fin: al parecer, la vida es mucho más fluida de lo que pensábamos. Las especies vivas parecen ser más bien mosaicos de genes que se intercambian y modifican de manera azarosa, por los más diversos mecanismos: aquellas combinaciones que funcionan para sobrevivir en un ambiente dado son las que persisten. Trabajos como los de Darwin y Margulis no dejan de asombrarnos.

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miércoles, 18 de noviembre de 2015

Dudas y preguntas

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 18 de noviembre de 2015

La masacre del viernes 13 en París conmocionó al mundo, y ha desatado una ola de preocupación, discusión y cuestionamientos.

Y también de confusión. Se trata de un tema, y un conflicto, especialmente complejos, y que tienen detrás causas históricas, políticas, económicas, sociales, culturales… e, inevitablemente, religiosas.

El llamado Estado Islámico de Irak y Siria, o ISIS, por sus siglas en inglés, autor de los atentados terroristas que sembraron simultáneamente el pánico en diversos puntos de París, es sin duda una organización nacida del fundamentalismo religioso. ISIS surge de una minoría de la población musulmana sunita (o suní), la cual representa al 85% de los musulmanes del mundo (mientras que la otra gran rama del islam, los chiitas o chiíes, representan el 15% restante). La interpretación extrema del islam adoptada por ISIS pervierte el concepto de yihad –que representa el deber de los musulmanes de mantener la religión y servir a dios– convirtiéndolo en equivalente a “guerra santa”, y considera a todo aquel que no profese dicha fe como un “infiel” que debe ser convertido o ejecutado, considera que la democracia es una forma inaceptable de gobierno, y busca imponer un estado religioso islámico –el califato– a todo el mundo. Hay que decir que gran parte de sus seguidores, incluyendo a quienes participan en ataques terroristas, lo hacen motivados en gran parte –junto con otras causas como el resentimiento social producto de la discriminación que sufren en países no islámicos– por sus convicciones religiosas.

Uno de los mayores daños que ISIS ha causado es promover, con sus ataques terroristas que se caracterizan por una crueldad extrema, el rechazo generalizado a la población musulmana en Europa y Estados Unidos, y en especial a los migrantes que, desde hace mucho, pero en mucha mayor cantidad desde la llegada al poder de estos extremistas, ha tenido que abandonar sus países –destacadamente, Siria– para buscar refugio en Europa. Así, ISIS promueve el odio y la discriminación contra los musulmanes.

Es poco lo que se pueda decir al respecto que no se esté diciendo ya en medios y redes sociales, y mucho más se dirá en los meses y años próximos. Pero, sin caer pues en generalizaciones que califican al islam como una religión de intolerancia y extremismo, pero sin negar que ISIS invoca su fe como la justificación final de sus acciones, cabría hacer algunas preguntas:

¿Cuáles son las verdaderas causas, históricas y estructurales, que explican el surgimiento de un grupo tan violento como ISIS, y su espectacular ascenso al poder?

¿Es el islam una religión que de alguna manera facilite el surgimiento de grupos extremistas violentos? Dicha violencia ha estado históricamente presente en muchas religiones, pero en general en el mundo cristiano ha quedado controlada por la adopción de valores como la separación iglesia-estado, la democracia y los derechos humanos universales e inalienables. ¿Será posible que la gran mayoría de musulmanes sunitas no radicales, junto con los musulmanes chiitas, pudieran controlar y evitar en el futuro el surgimiento y empoderamiento de otros grupos y gobiernos radicales como el de ISIS?

Obviamente reducir la cuestión a una lucha religiosa, o de Oriente-Occidente, es erróneo y simplista. Pero también es cierto que la ideología religiosa de grupos como Al Qaeda o ISIS se opone fundamentalmente a muchos de los valores que forman el núcleo de la forma de vida que identificamos como “occidental”. Aunque resulte una cuestión extremadamente incómoda, habría que preguntar, desde un punto de vista puramente político: ¿realmente será posible, en aras de un respeto a la diversidad cultural y religiosa, reconciliar los valores del islamismo extremo, y del islam en general, con los de la democracia? Quisiéramos pensar que sí; en todo caso, la pregunta clave sería ¿cómo?

Quizá el fenómeno más notorio en relación con los atentados de París es la violenta ola de discusión desatada en redes sociales entre aquellos que eligieron –elegimos– solidarizarnos con las víctimas, y con la ciudad y el país agredidos, así fuera por medio de gestos meramente simbólicos como difundir memes o poner la bandera de Francia en nuestras fotos de perfil en redes sociales, y quienes consideran esto como una muestra de intolerancia e insensibilidad ante otras matanzas igual de crueles ocurridas en países islámicos, y ante los abusos de Francia, Estados Unidos y en general de “Occidente” contra el mundo árabe-islámico. Algo merecedor de las más ásperas críticas, descalificaciones e insultos.

¿Realmente el que la gente comente y se solidarice más fácilmente con las muertes ocurridas en París que con las que ocurren en Siria es muestra de insensibilidad o discriminación? Después de todo, las conexiones entre países como el nuestro y Francia son mucho más abundantes que con Siria, igual que la presencia de medios, reporteros y corresponsales internacionales que en Damasco. Es más fácil enterarse de lo que ocurre en París que en los países árabes.

Por otro lado, hay estudios serios que muestran que las personas natural, inevitablemente, sienten mayor empatía con las desgracias que ocurren en países cercanos al suyo, a gente con un perfil étnico similar a ellos y en culturas similares a la propia. Puede que el expresar apoyo sólo a ciertos países y valores sea injusto, pero quizá no de manera consciente o voluntaria.

Y no hay que olvidar que Francia representa simbólicamente muchos de los valores fundamentales de nuestra cultura; cultura que es, inevitablemente… occidental.

Al final, yo sólo puedo opinar que la solidaridad siempre es válida, aun si es imperfecta o “selectiva”. Que el terrorismo siempre es aborrecible, y que es distinto de la guerra y el crimen común. Y que más que enfrascarnos en discusiones sobre quien es más “justo” en su solidaridad, habría que trabajar a nivel global en buscar maneras de hacer compatible el respeto y la tolerancia a la diversidad política y religiosa con la convivencia pacífica que el mundo tan urgentemente necesita.

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