domingo, 4 de junio de 2017

Trump, la anticiencia y el futuro

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 4 de junio de 2017

La noticia de la semana pasada fue sin duda el anuncio que hizo Donald Trump el jueves primero de junio de que los Estados Unidos se retiran del Acuerdo de París sobre Cambio Climático.

Sobra repetir lo que ya tanto se ha comentado respecto a las razones, sinrazones y posibles consecuencias de esta desafortunada decisión. Pero vale la pena recalcar que el procedimiento de salida, que los Estados Unidos respetarán, tomará unos tres años y medio, durante los cuales ese país continuará formalmente formando parte del Acuerdo, pese a que Trump haya anunciado el cese inmediato de algunas de las medidas a las que compromete, como aportar recursos al Fondo Verde del Clima de las Naciones Unidas –que apoya económicamente a las naciones más pobres para que se adapten al cambio climático– y la obligación de reportar datos sobre uso de combustibles de carbono.

También vale la pena comentar que la decisión de Trump, y en general el movimiento de negacionismo del cambio climático –que afirma que éste no existe, que es una “invención” del gobierno Chino para perjudicar a la industria estadounidense (como afirmara el propio Trump desde 2012), o que es sólo parte de los ciclos naturales de la Tierra, y no producto de la acumulación de gases de invernadero– es una expresión de una amplia tendencia de pensamiento anticientífico que permea la cultura mundial.

Las creencias del propio Trump no podrían ser más incongruentes: así como negaba el cambio climático, en su discurso de retirada del acuerdo de París mencionó que la contribución de los Estados Unidos a éste era “mínima”: “dos décimas de grado Celsius”. Pero esto implica reconocer que el fenómeno es real y que es causado por los gases de invernadero (emitidos, entre otras cosas, por la quema de carbón extraído de minas como las que él quiere revitalizar en su país). Para colmo a los dos días, el sábado, su embajadora en la ONU, Nikki Haley, declaró que Trump “sí cree en el cambio climático”, aunque precisa que cree que “los contaminantes son parte de la ecuación” (énfasis mío), lo cual es muy distinto del consenso científico mundial, que deja claro que los gases de invernadero como dióxido de carbono y metano son, con mucho, los principales causantes del fenómeno.

Pero la decisión de Trump, que cumple una de sus principales promesas de campaña, refleja lo que creen millones de personas no sólo en los Estados Unidos, sino en todo el mundo. ¿Por qué hay tanta gente que, frente a datos científicos sólidos y a la opinión casi unánime de expertos de todo el globo, sigue empeñándose en negar la realidad del cambio climático?

Se trata de un fenómeno complejo, del que mucho se ha hablado ya. En él influyen la natural tendencia humana a sostener ideas que coincidan con nuestras creencias previas, nuestra ideología o nuestros intereses, así como la emergencia de la cultura de la posverdad, ya comentada aquí, que privilegia las creencias por encima de los hechos para moldear la opinión pública.

Pero también obedece al crecimiento de un movimiento anticientífico, que desconfía enormemente de la ciencia y la ve como parte de una conspiración con fines oscuros. Movimiento que hay que entender, creo yo, como parte de una tendencia generacional que recela, en general, de toda forma de autoridad. Los grandes fracasos de las sociedades modernas para cumplir sus promesas y para garantizar un futuro promisorio a las generaciones jóvenes (millenials y los que les siguen) quizá explican en parte esta desconfianza. Pero no necesariamente la justifican.

Cierto: la ciencia no es fuente de verdades absolutas. Pero es la mejor forma de obtener conocimiento confiable acerca de la naturaleza con que contamos. Conocimiento que además se refina y corrige continuamente. Cierto también: la aplicación del conocimiento científico a través de tecnología en ocasiones produce daños (contaminación, extinción de especies, hoyo en la capa superior de ozono, armas atómicas, calentamiento global). Pero es gracias a la ciencia que nos hemos podido percatar de esos daños, y es ella la que nos da herramientas para combatirlo.

Si el mundo y las sociedades que lo habitan han de sobrevivir, lo harán sólo si logramos, entre otras cosas, apreciar la ciencia y aprovecharla para comprender y abordar los retos que se nos presentan. Afortunadamente, frente a obtusos como Trump –y quienes piensan como él–, están surgiendo en todo el mundo las voces de verdaderos líderes que, basándose en el pensamiento racional, democrático y sí, científico, restablecen la esperanza de que la humanidad reencuentre el rumbo que, durante los últimos años, parecía estar perdiendo.

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Contacto: mbonfil@unam.mx

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3 comentarios:

JOSE LUIS ARREOLA dijo...

https://www.youtube.com/watch?v=Rw9S-5Nvh98

https://www.youtube.com/watch?v=btpJYi42pko

Vir Qvi Legit dijo...

Creo que es muy necesario quitar el calificativo "democrático" de la última oración. Las voces basadas en el "pensamiento racional... (que) restablecen la esperanza" no son territorio para la democracia. La actitud democrática es necesaria en otros ámbitos, pero ciertamente no sólo no se necesita sino que sería hasta perniciosa en el ámbito de la ciencia.

JOSE LUIS ARREOLA dijo...

https://youtu.be/E7Cz_8EssGs